A veces la tristeza te envuelve. Te abraza por la noche, cuando duermes, y te nombra al oído, entre susurros, a todas las personas que perdiste, te recuerda todos los besos que ya no están, los olores de tu
casa que ya no se sienten, las voces que nunca más vas a escuchar.
Se te pega, va de tu brazo y te acompaña, como una mochila enorme que no sabes dónde poner, porque no le pertenece a nadie, o si, es tuya. Tiene las fotos de tu madre, las risas con tu hermano, las comidas que tenían sabor a familia, el calor de los momentos compartidos con tus amores.
Y te hace sentir sola. Tienes que guardarte tu dolor en un bolsillo, y sonreír a todo el mundo, para que la gente que te rodea piense que estás bien... Cuando en realidad, estás tan rota por dentro que no tienes la menor idea de cómo ir acomodando los pedacitos para rearmarte, por centésima vez.
Te hace resaltar tu soledad de forma tal, que sientes que estorbas en todos lados. No encuentras sitio o te cuesta acomodarte en cualquier lugar, porque te falta una parte de tu corazón, que ya nunca volverá. Y sientes culpa por reír, por volver a disfrutar, por ser feliz.
La tristeza pesa de tal manera que te apaga el alma, la vida se vuelve gris, y todo se convierte en una monotonía de levantarse, trabajar, volver a casa, comer, acostarse y repetir cada día ese ritual, como si lo hicieras de memoria. O como si fuera la única soga que sostiene tu existencia.
Pero un día, el sol sale de nuevo, y algo cambia. Un color, una forma, una canción, una oportunidad, una diferencia que te hace respirar profundo. Entonces, abres los ojos y te desperezas, como si hubieras estado durmiendo desde hace mucho tiempo, y ves una luz al final del camino.
Eso te entusiasma. Te hace querer dejar la mochila en algún lado, olvidarla, para correr hacia ese lugar en dónde sabés que vas a estar mejor. Pero la tristeza no te suelta tan fácilmente. Cada tanto, te grita tus pérdidas y te dan ganas de desistir.
Ahí es donde comienzas a sentirte más liviana, y admites que esa mochila llena de dolor, te hundía.
Vuelves a ver la luz del sol. Amanece. Y tienes ganas de reír, de cantar, de vivir.
Imagen creada con IA.
©Cristina Vañecek-Escritora Derechos Reservados 2026.
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