Mañana cumplirías 78 años. Y hace 33 que
dejamos de vernos, que nunca más supimos uno del otro. Treinta y tres
años en los que ambos nos perdimos de muchas cosas, o tal vez no, tal
vez esa distancia fue lo mejor que nos pudo pasar.
Alguien,
alguna vez, me hizo comprender que quizás no fuiste un tipo feliz. Y que
tal vez por eso eras así. Que tal vez nunca nos sentiste "tu familia"
porque simplemente te casaste para que dejaran de decirte que tenías que
sentar cabeza, que eras la mantequita de tu mamá. A vos, como a mamá,
nadie les explicó qué era la convivencia, el amor, la vida. Y, lo
reconozco, ambos estaban cerrados en sus posturas. No fueron,
mutuamente, la mejor elección que hicieron al casarse. Pero si ustedes
no se hubiesen unido, ni Marcelo ni yo estaríamos aquí.
De
repente un llamado, un sábado por la noche, me hizo saber que ya no
íbamos a tener la oportunidad de nada. Que hasta esa noche existía una
remota posibilidad de que te pusieras el orgullo y el machismo en el
bolsillo trasero del pantalón y, quién sabe, recomponer un poco esa
distancia que todos creamos. Ya no se podía hacer nada. Y, a esa altura,
vos eras un desconocido para mí.
Cuando volví al colegio
despues de tu partida, no sabía como decir que te habías ido y que yo no
sabía donde estabas. Todos mis compañeritos tenían a sus papás y la
única nena con padres separados que conocía, veía al suyo. Así que mi
respuesta cuando preguntaban por vos fue "se murió". Y casi treinta años
después, sentí que la mentira infantil había sido la verdad más
profunda que había dicho.
Dolió, me hice daño y estuve mucho
tiempo atrincherada, en la sombra, temiendo que me hicieran daño,
ocultando toda emoción y sentimiento a cualquiera que se me acercara,
porque no quería querer a nadie, porque no quería sentirme vulnerable,
porque no entendía y nadie me podía explicar qué pasaba. Tampoco me
preguntaron qué me pasaba a mí con esa situación.
Pero la vida
tiene su método para que aprendas todas las lecciones que tiene
preparadas para vos. Y un buen día, te das cuenta de que encerrarte en
vos mismo sólo te hace daño, que te impide crecer, amar y que te amen,
ser feliz. Entonces no te queda otro camino que salir a la luz, que
puede ser enceguecedora. Pero la única forma es abrir las alas y volar,
aunque te caigas y te rompas el alma en el intento. Porque estuviste
tantos años metida para adentro, enclaustrada en vos misma, que no tenés
defensas ante la ilusión.
Y volvés a golpearte con la realidad.
Volvés a sentir todo aquéllo que no querías recordar: la soledad, el
abandono, estar en medio de la nada, desorientada y sin rumbo. Pero como
empezaste a caminar, no te queda otra que levantarte y seguir buscando
tu felicidad. Perdonando. Sobre todo a vos misma. Porque los peores
reproches y castigos son los que nos hacemos a nosotros mismos. Y luego,
comprendiendo que tal vez nadie quiso hacerte daño, simplemente que la
vida, la inmadurez, el orgullo, el egoísmo hicieron que las cosas
sucedieran de una forma muy diferente a la que nos relatan en los
cuentos y en las novelas.
Crecer duele. Y rearmarse, afuera, en
la luz, acostumbrandose a ver la realidad, sin edulcorantes ni efectos
especiales, cuesta. Y vas aprendiendo a vivir, despacio, a tu ritmo, a
veces sintiendo que estás a destiempo, como si hubieras despertado de un
coma profundo despues de 20 años. Todo cambió y vos, a la larga,
también cambiaste.
Y de repente, un buen día, la vida te pone
frente a frente con tu propia muerte. Ahí es cuando dejás de
desperdiciar oportunidades, te sacás de encima tabúes, miedos,
prejuicios, y decidís ser feliz.
La primavera nunca fue el mejor
día del año para mí. Durante años, me encerraba, sola, enojada, sin
comprender qué festejaban los demás, sólo porque ese día era tu
cumpleaños. Yo no quería festejar nada. Pero una primavera, hace dos
años, salí con la convicción de cambiarle la onda a esa fecha, a
volverla un evento feliz. Hablé con tu fantasma y te pedí que esa noche
me hicieras un regalo, ese regalo que jamás me diste, ni cuando vivías
conmigo. Que fuera esa ofrenda de paz entre los dos, la señal de que
aceptabas mi perdón y yo el tuyo.
El regalo llegó de la forma más
inesperada. Llegó con lección y todo. Me hizo comprender, aprender y
perdonar más cosas de las que pensaba. Me obligó a ponerme en una
situación que jamás me hubiera imaginado y ver las cosas desde un punto
de vista totalmente diferente.
¡Qué lástima que no hayas podido
explicarme vos, con tus palabras, todo eso! Tal vez porque no sabías
como decirlo, y la única forma de comprenderlo es vivirlo. No lo sé.
Sólo te digo que estamos en paz, que esta carta es testigo de ese perdón
y que, donde estés, los cumplas feliz.