domingo, 19 de julio de 2015

El vengador.








Te hicieron daño. Las personas en quien más confiabas. Tus amigos, tu gran amor. Te mataron en vida. Sentite que todo había terminado, que ya no había más oportunidades, que en las cuatro paredes que te encerraban iba a acabar todo.

Tu dolor creció día a día, se transformó en un tumor maligno, dañino, a punto de explotar dentro tuyo. Hasta que un día, un milagro, te dio la oportunidad de vengarte, de hacerles a aquéllos que te traicionaron, lo mismo que te hicieron. De que padezcan tus dolores, de que sufran tu decepción, de que transiten, paso a paso, el mismo camino traicionero.

Pero, en definitiva, tu venganza no ha de ser contra ellos. Tu venganza se vuelve contra tu propia persona. No los castigas a ellos, te castigas tú mismo. Porque lo que no perdonas no es a los que te mintieron, sino que tú les hayas creído. Te duele no haber dudado ni una sola vez. Te fastidia hasta el dolor no haber adivinado el mal que se gestaba a tus espaldas. Te molesta hasta lo más hondo de tu ser no haber advertido ni una sola mirada, ni un gesto, ni un tono de voz, que te hiciera notar que no todo era como tú pensabas.

No te estás vengando de ellos, sino del ser inocente que eras antes de ese hecho. No estás haciéndoles pagar a ellos la traición, la estás pagando tú mismo, caminando con ellos cada metro del recorrido, buscando el momento en que podrías haberte dado cuenta de que las cosas eran distintas.
Tu venganza se vuelve contra tí, porque retrocedes en tu historia para que, como en un juego de ajedrez, descubras por qué te hicieron jaque mate. Y, tal vez así, perdonarte, expiar tu pecado de inocencia y credulidad.

lunes, 6 de julio de 2015

Infiel.

"Las mujeres que descubrieron una infidelidad, deben comprender una cosa: la "culpa" no es de la otra mujer con la que sus maridos las engañaron, sino de ese hombre que no cumplió su parte del trato que firmaron ambos ante un juez, ante un Dios y ante sí mismos. Fue su falta de valor para decir qué no les gustaba de su vida en común. Fue su cobardía de prometerle tácitamente a otra persona cosas que jamás cumpliría. El hombre infiel engaña a ambas mujeres, sabiendo que su "socia" lo perdonará siempre, en tanto y en cuanto ella sea dependiente de él, ya sea en lo económico o en lo afectivo. 


El hombre infiel buscará denigrar tanto a esposa como a amante. A una le dirá que lo olvidó por la casa, por los hijos, por sus actividades, que ya no lo "atiende", que deja sus quehaceres domésticos. A la otra, le dirá que lo buscaron, que lo acosaron, que lo engañaron, que aprovecharon un momento de debilidad para llevarlo a un lugar a donde él no hubiera ido de estar íntegro.


Todo eso para halagar su propio ego. Para sentir de qué son capaces de hacer esas mujeres para quedarse con él. Al contrario que en la naturaleza, donde los machos pelean por el favor de las hembras, la especie humana hace que las mujeres se enfrenten para lograr "el amor" de un hombre. La más ingeniosa, la más sutil, la más audaz, la más dulce, la más tonta o la más inteligente, podrá ganar el juego, todo depende de qué busque él. Tal vez, ninguna ganará nada. Ambas perderán su dignidad. Una para tratar de cumplir las promesas incumplidas para escuchar el "nunca prometí nada". Otra, para exigir lo firmado hace varios años, tironeando de una cadena oxidada. Él, en medio de lo mejor de los dos mundos, será el premio, el botín, el muñequito que sólo adornará la mesita de luz, hasta que una mañana la ganadora, se levante y descubra que el juego comenzó, con otra protagonista, más joven, más audaz, mas inteligente, más bonita.

La ganadora, ya sea la esposa en un nuevo intento de unir lo que ya no tiene arreglo, o la amante en el rol de compañera oficial, verán repetir la misma historia una y otra vez, como en una espiral sin fin, ocupando lugares distintos en la reconstruccion de una mala película. Porque el problema no es la esposa o la amante, o las amantes. El problema es el hombre, que en su inmadurez, no comprende que el respeto y la confianza son la base primordial del amor. Y el que engaña, no respeta. Y quien sufre el engaño, dificilmente pueda volver a confiar."

martes, 30 de junio de 2015

El encuentro


"Ella caminó despacio. Entró, sabiendo que era su último destino, el lugar del que sólo saldría cuando ya no le quedara aire en los pulmones, cuando su cansado corazón diera su latido final. No era tan malo como había pensado. Su cuarto era luminoso, la dejaban realizar actividades, podía recibir las visitas de todos los amigos que había cosechado durante su vida, esas personas a las que ella había elegido que la acompañaran hasta ese momento, poca gente, pero de esas personas de las que una se siente orgullosa de haber conocido y de mantener en el tiempo.
No llegaba a ese sitio por enfermedad. Era consciente de que a su edad ya no podía estar sola en una casa grande, que necesitaba ayuda y cuidados. Nunca se creyó omnipotente. Conocía sus límites, sus debilidades y su audacia se limitaba a la velocidad de sus pensamientos, a la picardía en su mirada, a la risa repentina y estentorea que le provocaba alguna situación.
Se sentía en paz. Luego de acomodarse, decidió recorrer el lugar, conocer a los otros "inquilinos" que lo habitaban, como ella, sabiendo que sólo se irían "para siempre". Saludó a unos, se presentó con otros, caminó hacia el saloncito. En un cono de sombras descubrió a alguien, sentado en una silla de ruedas, solo y obstinado en permanecer alejado del resto.
En su cabeza sonó una frase, un recuerdo lejano que le dejó la piel de gallina, algo que le había dicho a alguien, hacía mucho tiempo. Él se había reído. Ese geriátrico había sido una vez un albergue transitorio, el lugar en donde él había tenido sexo por primera vez en su temprana adolescencia con una mujer mayor. Ella le propuso ir y el le dijo que se había convertido en un hogar para ancianos. "Seguramente coincidiremos ahí, y haremos carreras de sillas de ruedas!", le dijo divertida. El se sonrió. No entendía mucho sus chistes.
La profecía se había cumplido a medias. Si bien ambos tenían la misma edad, él parecía mucho más viejo, más desgastado, abandonado a su suerte, teniendo tanta gente alrededor. Ella seguía inquieta, más lenta que antes con el cuerpo, pero con la misma agilidad mental. Se le acercó. El siguió allí, quieto, oscuro, solo, alejado de todos. Hosco. No la miraba, porque no la veía. Nunca había visto nada que sobresaliera de su propia persona. Nunca le había importado nada que no fuera él mismo. Nunca había hecho otra cosa que conmiserarse de lo que a él le pasaba.
Ella lo llamó por su nombre. Él la miró, Le preguntó como sabía su nombre si él no la conocía. Ella sonrió, algo irónica, y dijo: "mejor así". Ella aún tenía sus piernas, dio media vuelta y salió al jardín, en donde el sol brillaba fuertemente. La vida cobraba todo. Y con ella había sido generosa.

viernes, 19 de junio de 2015

Aves del Paraíso.

Algunas mujeres somos aves del paraíso, raras, únicas, libres. Dueñas de una libertad absoluta, lejanas. Hemos escapado de los cánones sociales, de los mandatos. Logramos desoír las órdenes milenarias de cuál es nuestra misión en este mundo y logramos hacer eso que el corazón nos manda y las entrañas nos obligan.


Sin embargo, en alguna que otra oportunidad, los ciclos vitales nos empujan a olvidar nuestra naturaleza, las hormonas nos juegan una mala pasada y pensamos que, tal vez, nuestro destino era muy diferente al camino que veníamos transitando. Y dejamos nuestras alturas, nos sacamos nuestras brillantes alas, nos acomodamos al otro para estar en sintonía con él y buscamos aprender qué era eso que, según tantas personas, nos estábamos perdiendo de vivir.


Y sufrimos. Porque dejamos de ser nosotras mismas, olvidamos nuestra esencia para intentar transformarnos en alguien que no conocemos. Encerramos nuestro ser en un cajón, hacemos oídos sordos a sus gritos, encapsuladas en la fantasía de esa vida en común, embrujadas por una circunstancial debilidad emotiva.


Hasta que un día el ave del paraíso explota dentro nuestro, porque las alas no caben en ese cajón tan pequeño en donde las guardamos, se abren, se expanden y sólo piden volver a volar, recorrer cielos, brillar bajo la luz del sol, dejar esas sombras en donde olvidamos nuestra personalidad.


Y descubrimos que nunca vamos a dejar de ser aves del paraíso, que por más esfuerzos que hagamos, no somos otra cosa que parte de una especie rara, única, libre, dueña de una libertad absoluta, lejana y que tarde o temprano, por más que intentemos esconderla, sale a luz y reclama su identidad

martes, 12 de mayo de 2015

No a la violencia.

No para. No se detiene. Nadie la evita. Por más oficinas que inventen desde el poder político, por más buena voluntad que pongan muchas instituciones que trabajan en el tema, la violencia intrafamiliar, de género, machista, no se frena. Al contrario, da la impresión de que cada día es peor, de que cada vez son más las mujeres torturadas, quemadas, violadas o muertas por estas bestias que pertenecen a todos los estratos sociales.

Escucho en distintos programas a mujeres con un alto nivel de exposición en los medios contar sus historias de violencias, feroces, tremendas, con lesiones, con denuncias, algunas aún temblando al recordar esos momentos. Y me queda dando vueltas una frase que una de ellas pronuncia "si nos pasa esto a nosotras, que estamos en los medios, ¿qué les queda al resto de las mujeres que son anónimas, que no tienen la forma de dar a conocer su situación?

La rutina es parecida. Te alejan de tu círculo de afectos, te critican tu forma de vestir, como si eso fuera malo, como si ponerte algo que te gusta y te queda bien fuera una invitación a algo. Poco a poco te van acorralando. Algunos hasta te hacen el juego de "superman", que ellos se sienten menoscabados porque trabajás, porque son ellos los que "deben aportar", buscan la forma de que te alejes de tus actividades y te vuelvas dependiente. Tal vez no te golpean...pero eso también es una forma de violencia. Te degradan, te ofenden, todo en un tono de broma...terminás siendo "la amargada", porque no comprendés que esa ofensa, ese insulto es una joda...Una joda que día a día martilla tu cabeza. Permitiste tanto, que un día, sin darte cuenta, recibís el primer golpe. A él tambien lo impacta e inmediatamente te pide perdón, te asegura que te ama, te dice que nunca más lo va a hacer...La próxima vez te va a decir que es tu culpa, que vos lo ponés nervioso, lo alterás y que por eso reacciona. Y vos seguís achicándote, creyéndole, pensando que tiene razón. Y buscás no alterarlo, caminás en puntitas de pie, no hacés ruido. Pero menos sal en la comida, una arruga en la camisa, que el pantalón que se le canta ponerse en ese momento no está planchado (teniendo otros para ponerse) hace que vuelva a ponerse agresivo. Y vuelva a pegarte, incluso adelante de tus hijos. Y el círculo viciosos vuelve al rato, acariciándote el moretón y pidiéndote perdón...poniendo a los chicos en el medio, que no podés destruir el hogar que tanto les costó contruir. El problema es que en algún lugar de tu mente, de tu alma, sabés que el próximo golpe puede ser mortal. O que puede golpear a alguno de tus hijos que si intentan defenderte...

Te quedan dos opciones. Dejarte matar, someterte a una tortura infinita...o romper el círculo, alejarte, pedir ayuda, auxiliarte en los tuyos, en tus padres, amigos. Acudir a centros de apoyo a mujeres maltratadas. Exigir en las comisarías o fiscalías que te tomen las denuncias. Y, sobre todo, tomar la firme decisión de no volver con él. No ceder a sus súplicas. Realizar algún curso que te permita tener una salida laboral e independizarte de él, sin que ello lo exima de sus obligaciones paternas con los chicos. Pero vos...vos tenés que salvarte, por vos, por esos hijos que merecen ver a su mamá libre, sana, feliz y, sobre todo, viva.

(Este texto puede leerse cambiando a los personajes...que él sera quien sufra la violencia y ella sea la agresora...son casos que existen y que por vergüenza muchos hombres tampoco denuncian. Digamos NO a la violencia.)

Reencarnación.










La vida es esta, la que tenemos por delante en este momento. El verdadero paraíso es esta fase terrenal en la respiramos aromas, vemos colores, abrazamos, tocamos, amamos.

Algunos, pudimos cruzar la frontera y volver. Algunos, unos pocos, tuvimos la oportunidad de saber que había algo que nos quedaba pendiente, que estábamos dejando pasar. Teníamos que aprender una lección que estábamos ignorando o desaprender algo y tomar un camino que estábamos dejando de lado, y que sí o sí debíamos transitar.

Todo sucede por algo. Nada es al azar. Es en esta vida en la que pagamos nuestras deudas, cumplimos nuestras culpas y alcanzamos la felicidad completa.

Reencarnar es esperar a la próxima experiencia terrenal para hacer todo aquéllo que nos quedó pendiente, vivir lo que dejamos de lado u ocupar otro rol en esta vida, para aprender el daño que hicimos o reaprender de nuestra propia historia, sin tener memoria de ese pasado.

Y otros, por alguna razón misteriosa, podemos hacerlo volviendo en esta misma existencia, con plena consciencia del camino recorrido, reencarnando en nuestro propio ser.

jueves, 16 de abril de 2015

Astronauta




Él  la miraba. Se llenaba los ojos con su imagen, pensando cómo habría sido la vida junto a ella. Muchas veces,  por las noches, se sentaba en el jardín, solo, en silencio, perdido en sus pensamientos .  Nadie sabía que la recordaba, que revivía cada momento, cada hora, los pasos dados hacia su encuentro, la sensación de plenitud al tocarla por primera vez.

En algunas ocasiones levantaba el brazo y simulaba hacerle una caricia. Imaginaba que una lágrima rodaba por su mejilla y con todo ese amor que no pudo demostrarle, se la secaba con un dedo.  La veía dibujar una sonrisa y que su rostro, habitualmente gris, se sonrojaba.

La extrañaba. Profundamente, intensamente. Pero no podía quedarse con ella. En la oscuridad, la bola azul, quebrada por nebulosas semejantes a algodonales, lo llenaba de culpa. ¡Se había acercado tanto a su sueño! Pero allá lo estaban esperando.

Su esposa se acercó con un vaso en la mano. Se sentó a su lado, convidándole la bebida. Él sonrió. La abrazó y se quedó mirando la brillante bola blanca en el cielo que, cada noche, le recordaba lo cerca que había estado de perderlo todo buscando alcanzar un sueño que aún sentía latir en el fondo de su alma.

viernes, 10 de abril de 2015

Mis razones para amarte.









Fueron las que se juntaron a través del tiempo. El probarme a mi misma, el abrirme, el descubrir que era capaz de sentir explotar dentro mío mil millones de estrellas. Mis razones fueron tantas que es imposible nombrarlas. Mis razones fueron mías.

Fueron las ganas de vivir, de caminar juntos un largo camino. Fueron las ganas de encontrar en vos la persona con quien bajar la guardia, con quien sacarme la armadura y que descubras quién es la que se esconde detrás de la guerrera. Fue el despertar del aroma de todas las flores juntas, el estallido de cientos de veranos acumulados en mis venas.

Mis razones para amarte fueron mías, fueron propias y fueron ajenas. Fueron tus manos, fue sentir por primera vez la fuerza en otra persona, fue poder depositar en otro la posibilidad de confiar.

Mis razones para amarte fueron tantas...que se agolparon todas juntas en mis ganas, se amontonaron y no pudieron salir. Y no pudiste darte cuenta de las razones que yo tenía para amarte.

martes, 7 de abril de 2015

Llamado








Suena el celular. Un numero que no conozco. Al responder, mil torbellinos comienzan a desatarse antes de saber quien llama. Su voz, lejana y temblorosa atina a decir un "hola, no me cortes" que no logro responder. El silencio es mi respuesta. No se que decir y ninguna palabra acude a mi.

"¿Estas ahi?", la pregunta obvia que contesto con un "si" apenas audible. Del otro lado del telefono comienza una catarata incomprensible de excusas y explicaciones que me parecen dichas en un idioma que no comprendo. Desde lo mas profundo de mis entrañas comienza a agitarse un gigante dormido, que me cierra la garganta y me impide emitir sonido.

"Te extraño, me equivoque, te pido perdon, necesito verte" son frases que repite una y otra vez sin que mi alma encuentre donde ponerlas. Y descubro que el hombre que ame nunca existio y que esa voz del otro lado de la linea pertenece a un ser al que en realidad desconocia. Un ser que no tuvo piedad, misericordia y mucho menos, amor.

"No" fue la unica palabra que mis labios pudieron articular, ahogado en ese torbellino que se llevaba para siempre el rastro de unos cimientos construidos en medio de un pantano. Corte. Deje el telefono como si quemara, como si ensuciara y me quede sentada, sabiendo que enterraba para siempre a la mujer que una vez amo a un ser inexistente.

domingo, 5 de abril de 2015

Onur, el inseguro.







Y, si, chicas, Onur es un claro ejemplo de inseguridad masculina. Nos guste o no, es el típico ejemplo de ese hombre que, para acercarse a alguien, necesita ensuciarlo, rebajarlo de nivel, humillarlo para sentirse por encima de todo, como el ser superior que quiere creerse que es, pero sabe que no lo es.

Le gustaba una mujer, y en su inseguridad (y más allá del hilo narrativo de la novela), para aproximarse a ella le realizó una propuesta que, dadas las circunstancias, ella se veía obligada a aceptar, pues se trataba de salvar la vida de su único hijo. Sin preguntar para qué ella necesitaba ese dinero, sin indagar las razones de esa demanda, reaccionó de la unica forma posible a su alcance, sabiéndose poderoso y dueño de la situación. Su dinero lo hizo sentir por encima de la mujer supuestamente amada.

¿Ama Onur a esta mujer, que fue capaz de humillarse para obtener el dinero necesario para operar a su hijo y evitar su muerte? ¿O fue la culpa, su propia vergüenza, saberse indigno de ella, lo que hizo que se acercara con otros ojos, que dejara de ser "el malo" de la novela, para ocupar un perfil distinto, en donde sus acciones siguen demostrando que es un eterno inseguro?

Feride, la engañada.







La mina me da lástima. Fue el daño colateral de la infidelidad de su esposo, un hombre que buscaba afuera (como dicen ellos) lo que no le daban en casa. La excusa estúpida y pueril para despertar sentimientos en una mujer a la que esconden y le muestran un costado que no manifiestan en casa.
Mientras tanto le faltan el respeto a la "legal", a la que en su casa cuida hijos, sostiene el hogar, lava, plancha y cocina, además de acompañarlo y sostenerlo en sus peores momentos. Cuando llegan, ponen cara de malos, se hacen los enojados, los cansados y apenitas pueden, se escapan a otros brazos a llorar lo "incomprendidos" que son, sin percartarse jamás que son ellos los que firmaron un papel y prometieron ante un dios amar y respetar, cuidar y proteger. Pacto que incumplen sin ningún sentimiento de culpa.


Feride sufrió las consecuencias de la infidelidad, porque fue la última en enterarse, cuando ya era demasiado tarde. A su alrededor, todos sabían del engaño. Amigos, empleados, familliares, callaron en la complicidad machista de que el hombre puede hacer lo que quiera.


Mientras tanto ambas, mujer y amante, sufrieron las consecuencias de las habladurías ajenas. Una por "cornuda", consciente o inconsciente, soportando las miradas de aquéllos que la ridiculizaron. La otra por "amante", tambien mal mirada por haberse "embalado" con quien ¿nada le había prometido? Sin embargo él, ante la sociedad, queda como el "héroe" por haber sido infiel, impune de su responsabilidad por no atreverse a hablar y a actuar limpiamente ante sí mismo, cosa que jamás podría hacer, porque la vara con la que se juzga es muchísimo más pequeña que con la que juzga a los demás.


El infiel no se mira al espejo de su propio ser, no bucea en sus oscuridades, y mucho menos muestra la porquería que lleva por dentro, porque si lo hiciera, la estatua que tiene elevada de sí mismo se derrumbaría dejándolo sin nada y, sobre todo, solo, estado que no soporta porque no sabe convivir consigo mismo, con sus silencios y sus verdades. Por eso busca permanentemente estar con alguien. Sin importar sentimientos, frustraciones o engaños.

sábado, 4 de abril de 2015

Lobos y corderos.









Me gustan los lobos. Sobre todo por qué se a lo que me enfrento cuando detecto a uno cerca. Tal vez porque, en el fondo, yo también soy una loba, desconfiada, solitaria, a veces en manada, pero siempre al acecho de los peligros y de la forma en que debo procurarme mi sustento.


Conozco a los corderos, son dóciles, esperan que los acarren en rebaño hacia dónde pastorear. Fingen una libertad que no tienen, ya que el perro del pastor los persigue y los acorrala para luego llevarlos al corral. Es un juego, ya que ahí tienen a su disposición todo lo que necesitan para vivir, sin correr ningún peligro. Otros se preocupan por su sustento, otros los cuidan, los corderos sólo se dedican a vivir su vida sin ninguna clase de preocupaciones.


El problema suelen ser los lobos con piel de cordero. Ellos no solo le mienten al rebaño, también se mienten a sí mismos, dando lecciones de cómo ser un buen cordero sin serlo, sólo para tener al rebaño detrás suyo, dispuesto a creerle todo, y listo para cuando en el primer descuido, pueda atacar. El lobo con piel de cordero jamás asume su verdadera personalidad y detesta a los lobos que no usan ningún artilugio, sobre todo aquellos que puedan intentar sacarle su falsa piel, ya que el engaño es la única forma de sustento que conoce

domingo, 1 de febrero de 2015

El naufragio.







   Al fin llegué. Estoy en la orilla y ahora puedo descansar un poco. Necesito orientarme, saber en donde estoy, hacia donde tengo que ir. Pero debo recuperar fuerzas. Nadar hasta aquí fue agotador.

   La soledad es buena compañera. Voy armando mi refugio al mismo tiempo que voy rearmando mi alma. La tormenta hizo naufragar no solo un barco o un avión...me hizo naufragar a mí misma. A veces necesito imperiosamente silencio. Los sonidos del viento, del mar son la mejor música que puedo escuchar.

   Alejada de todo, imagino que el mundo sigue sin mi. Que aquél a quien amé continuó su vida, junto a otra persona. Que fui reemplazable en todos los aspectos de mi vida. Porque la vida, allá, del otro lado del océano, sigue su curso y  no puede parar. La que se bajó de ese mundo fui yo. La que se escondió en la isla, fui yo. La que atravesó la tormenta nadando a brazo partido para llegar a una orilla para salvarse, fui yo.


   Toda crisis es una oportunidad. Toda tormenta trae una calma. Los tornados provocan desastres, pero dan la posibilidad de la reconstrucción.

jueves, 15 de enero de 2015

Y un buen día...




Y un buen día te das cuenta de que tras la tormenta sale el sol. Que detrás de todas tus preguntas hay un silencio mortal que nadie responderá, sólo el tiempo irá dándote pistas, pautas, para que vos mismo vayas comprendiendo y, tal vez, perdonando.

Un buen día te despertás y notás que vos no podés perder ni un minuto más. Que detuviste tu camino esperando algo que nunca va a llegar. Y de repente... sentís la necesidad de volver a caminar, de avanzar, de resurgir. De respirar profundo, de llorar, de gritar a los cuatro vientos...y de dejar atrás todo aquello que te lastimó.

Y un buen día volvés a ver el amanecer. Y te das cuenta de que la vida sigue, de que el tiempo no para y de que todo sigue su curso a tu alrededor. No hay respuestas. No hay explicaciones. No existen palabras que hagan comprensible todo eso que te sucedió. Únicamente la condición humana, frágil, vulnerable, vacía.

Y un buen día abrís la puerta, y descubrís que vos seguís siendo el mismo, con tus convicciones ancladas en el centro de tu ser. Y ese buen día retomas tu camino. Sonriendo, libre, con la plena libertad de haber sido fiel a vos mismo.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Revisando el armario.


Muchas veces nos encontramos que al abrir las puertas del placard, descubrimos "trapos viejos" que conservamos vaya una a saber por qué razón. Tal vez porque los usamos para alguna ocasión especial, quizás porque en esa prenda guardamos ilusiones que, a la larga, no se concretaron, o puede ser que hallamos vivido momentos importantes y la guardamos como una reliquia.

Pero ya está pasada de moda, huele a tiempo y a recuerdos, sus colores han cambiado, y tampoco su estilo es de alguna utilidad práctica. Nos dá pena ese vestido/traje, porque nos aferramos a algo que ya hemos perdido. Pero conservarlo implica que ocupe un lugar que necesitamos para algo nuevo, para algo mucho más práctico, que nos haga sentir cómodos con nuestro estado actual, porque el paso del tiempo modificó no solo nuestros cuerpos, sino tambien nuestras almas.

En la vida conservamos cosas a las que les adjudicamos una emotividad que no tienen. Nos hacen sostener algo que, tal vez, nunca más volverá a nuestras vidas. A veces objetos, a veces personas, que, como ese vestido de nuestra juventud, al ponernoslo nos apreta, nos molesta, nos queda incómodo y corremos el riesgo de romper las costuras ante cualquier movimiento...sintiéndonos culpables de cualquier ruptura.

¿Cuántas personas hoy ocupan un lugar en nuestras vidas, y sin embargo están ahí, ocupando un lugar, sin poder disfrutarlas, porque nosotros crecimos espiritualmente y ellas se quedaron iguales, colgadas, desteñidas, como esa vestimenta, y que tal vez necesitan tambien que las retiremos del armario, que les demos vida, quizás que las dejemos en manos de alguien que les encuentre un sentido a su forma, a su diseño, a sus ideas?

Nos aferramos a objetos, a personas, a cosas que nos impiden evolucionar por prejuicios, por miedos, pensando que tal vez mañana, o algún día, podremos volver a usarlos o a compartir con ellos algún momento semejante a los de antaño.

Abramos el ropero de nuestras vidas. Revisemos que nos sirve, que nos "queda bien", que seguiremos poniendonos cada mañana y qué, en realidad, lo tenemos ahí porque nos da culpa, pena o simplemente lo conservamos porque creemos que aún podemos recuperar eso que se perdió hace tiempo.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Carta a mi papá.


Mañana cumplirías 78 años. Y hace 33 que dejamos de vernos, que nunca más supimos uno del otro. Treinta y tres años en los que ambos nos perdimos de muchas cosas, o tal vez no, tal vez esa distancia fue lo mejor que nos pudo pasar.
Alguien, alguna vez, me hizo comprender que quizás no fuiste un tipo feliz. Y que tal vez por eso eras así. Que tal vez nunca nos sentiste "tu familia" porque simplemente te casaste para que dejaran de decirte que tenías que sentar cabeza, que eras la mantequita de tu mamá. A vos, como a mamá, nadie les explicó qué era la convivencia, el amor, la vida. Y, lo reconozco, ambos estaban cerrados en sus posturas. No fueron, mutuamente, la mejor elección que hicieron al casarse. Pero si ustedes no se hubiesen unido, ni Marcelo ni yo estaríamos aquí.
De repente un llamado, un sábado por la noche, me hizo saber que ya no íbamos a tener la oportunidad de nada. Que hasta esa noche existía una remota posibilidad de que te pusieras el orgullo y el machismo en el bolsillo trasero del pantalón y, quién sabe, recomponer un poco esa distancia que todos creamos. Ya no se podía hacer nada. Y, a esa altura, vos eras un desconocido para mí.
Cuando volví al colegio despues de tu partida, no sabía como decir que te habías ido y que yo no sabía donde estabas. Todos mis compañeritos tenían a sus papás y la única nena con padres separados que conocía, veía al suyo. Así que mi respuesta cuando preguntaban por vos fue "se murió". Y casi treinta años después, sentí que la mentira infantil había sido la verdad más profunda que había dicho.
Dolió, me hice daño y estuve mucho tiempo atrincherada, en la sombra, temiendo que me hicieran daño, ocultando toda emoción y sentimiento a cualquiera que se me acercara, porque no quería querer a nadie, porque no quería sentirme vulnerable, porque no entendía y nadie me podía explicar qué pasaba. Tampoco me preguntaron qué me pasaba a mí con esa situación.
Pero la vida tiene su método para que aprendas todas las lecciones que tiene preparadas para vos. Y un buen día, te das cuenta de que encerrarte en vos mismo sólo te hace daño, que te impide crecer, amar y que te amen, ser feliz. Entonces no te queda otro camino que salir a la luz, que puede ser enceguecedora. Pero la única forma es abrir las alas y volar, aunque te caigas y te rompas el alma en el intento. Porque estuviste tantos años metida para adentro, enclaustrada en vos misma, que no tenés defensas ante la ilusión.
Y volvés a golpearte con la realidad. Volvés a sentir todo aquéllo que no querías recordar: la soledad, el abandono, estar en medio de la nada, desorientada y sin rumbo. Pero como empezaste a caminar, no te queda otra que levantarte y seguir buscando tu felicidad. Perdonando. Sobre todo a vos misma. Porque los peores reproches y castigos son los que nos hacemos a nosotros mismos. Y luego, comprendiendo que tal vez nadie quiso hacerte daño, simplemente que la vida, la inmadurez, el orgullo, el egoísmo hicieron que las cosas sucedieran de una forma muy diferente a la que nos relatan en los cuentos y en las novelas.
Crecer duele. Y rearmarse, afuera, en la luz, acostumbrandose a ver la realidad, sin edulcorantes ni efectos especiales, cuesta. Y vas aprendiendo a vivir, despacio, a tu ritmo, a veces sintiendo que estás a destiempo, como si hubieras despertado de un coma profundo despues de 20 años. Todo cambió y vos, a la larga, también cambiaste.
Y de repente, un buen día, la vida te pone frente a frente con tu propia muerte. Ahí es cuando dejás de desperdiciar oportunidades, te sacás de encima tabúes, miedos, prejuicios, y decidís ser feliz.
La primavera nunca fue el mejor día del año para mí. Durante años, me encerraba, sola, enojada, sin comprender qué festejaban los demás, sólo porque ese día era tu cumpleaños. Yo no quería festejar nada. Pero una primavera, hace dos años, salí con la convicción de cambiarle la onda a esa fecha, a volverla un evento feliz. Hablé con tu fantasma y te pedí que esa noche me hicieras un regalo, ese regalo que jamás me diste, ni cuando vivías conmigo. Que fuera esa ofrenda de paz entre los dos, la señal de que aceptabas mi perdón y yo el tuyo.
El regalo llegó de la forma más inesperada. Llegó con lección y todo. Me hizo comprender, aprender y perdonar más cosas de las que pensaba. Me obligó a ponerme en una situación que jamás me hubiera imaginado y ver las cosas desde un punto de vista totalmente diferente.
¡Qué lástima que no hayas podido explicarme vos, con tus palabras, todo eso! Tal vez porque no sabías como decirlo, y la única forma de comprenderlo es vivirlo. No lo sé. Sólo te digo que estamos en paz, que esta carta es testigo de ese perdón y que, donde estés, los cumplas feliz.

domingo, 31 de agosto de 2014

Miedos.



El miedo nos paraliza. Nos invade. Físicamente nos provoca dolores, malestares, el pecho se nos cierra. La angustia hace que nos enfermemos. Y el miedo está ahí, ganando la batalla, coartándonos actividades, sueños, ilusiones. Nos cierra puertas y nos hace pensar que no podemos hacer nada para cambiar nuestro destino.

El miedo es un monstruo creado por nuestra mente. Algunos hechos nos hacen crearlos simplemente por supervivencia.

La única forma de ganarle la partida al miedo es enfrentarlo, mirarlo a los ojos y atravesar su fantasmal presencia. La única forma de aprender a ser felices, a disfrutar de nuestros amores, de la libertad, del sol es saliendo a la calle y gritar que no le tenemos miedo al miedo.

Dejar de sentir que la sombra nos aterre, llevar una linterna interior e iluminar cada rincón que nos provoque dudas. Desenfundar la oscuridad, descubrir que nada  puede detenernos.

El miedo mata las ilusiones, los deseos. El miedo nos detiene, nos hace estar muertos en vida, mirando como la vida transcurre detrás de una ventana, sin participar.

No tengamos miedo, atrevámonos a vivir, a hacer realidad nuestras ilusiones, nuestros anhelos y deseos.

domingo, 20 de julio de 2014

El lobo y Caperucita azul.







Nos enseñaron a temerle. A creer que era salvaje y cruel. Nos dijeron que no nos acercáramos y que siempre dudáramos de todo lo que nos manifestara. Nos lo presentaron dañino, un ser que sólo buscaba satisfacer sus instintos y necesidades.


Y un día descubrí que huye y se protege, al igual que todos los seres vivos, porque a él también le hicieron daño. Porque nadie le tendió una mano para una caricia, sino para darle un golpe. Y se encerró en sí mismo, se hizo hermético, para no mostrarse vulnerable ante los demás. Se hizo temible, para no demostrar que estaba muerto de miedo.

Yo dudé de hacerle una caricia, porque temí que me mordiera. Y al ver mi mano tendida, el se asustó porque creyó que iba a pegarle. Ambos nos escondimos detrás de los troncos de unos árboles. Ambos nos quedamos ahí, aguantando la respiración, tratando de escuchar qué movimiento hacía el otro, en guardia, a la expectativa de un posible ataque.

De repente lo ví. No sé en qué momento, sigiloso, salió de su refugio y se acercó al mío. Nunca percibí el sonido de sus pasos. Nos miramos por un largo tiempo. Sin saber qué hacer, elegí quedarme quieta. Él se recostó a mi lado. Llevé mi mano lentamente hacia una de sus patas. Bostezó y apoyó su cabeza en mis regazo. Le acaricié la cabeza.

Ambos descubrimos que estabamos tan asustados como el otro y que necesitábamos ese momento de tregua. Descansar por un momento, desnudar nuestras almas y darnos cuenta de que todo lo que nos habían dicho o hecho no tenía nada que ver con nostros dos.

martes, 1 de julio de 2014

Liberación

(Escrito hace 10 años)
"Recuerdo lo que sentía hace apenas un año. Creía que el mundo se venía abajo y que ya nada tenía importancia. Que todo lo que había construído, los proyectos que soñaba concretar, se desvanecían en el aire como humo. Todo en lo que había creído, todo lo que había planificado, todo lo que más deseaba en el mundo, se derretía ante mí, como una pintura falsa, como un museo de cera ante el calor del sol.
  Me sentí sola, Tuve la impresiónde estar en medio del desierto, abandonada y desnuda, a merced del destino, sin saber hacia donde ir. Sin norte ni sur. Sin más fuerzas ni apoyo que el de mi propio ser, que ya no tenía fuerzas y no quería moverse de donde estaba anclado, por temor a que eso poco que me sostenía también se derrumbara. Creía que ya nada ni nadie existía, y yo tampoco me sentía existir.
  Me sentí muerta en vida, levantándome por impulso de la inercia. Me sentí un trozo de carne al cual le habían quitado toda emoción, todo sentido. Eso es lo que se siente cuando un dolor muy grande nos agobia. Cuando descubrimos que el mundo en el que vivióamos era sólo una gran mentira. Jamás me había sentido tan sola, tan abandonada, tan desamparada. Y pensé que nunca más iba a recuperarme de ese golpe.
Y me costó lágrimas, muchas, salir de ese oscuro y profundo pozo en el que caí. Me costó mucho tiempo convencerme a mí misma de que la vida continuaba. De que nada es tan grave ni tan importante como uno mismo y de que, poco a poco, salimos del dolor y la desesperación. De que hay que tener fe en uno mismo para salir adelante.
Y hoy estoy aquí, escribiendo estas palabras para nadie, o para todos, viendo que la vida es una rueda eterna, una ruleta en la que estamos permanentemente obligados a apostar el propio pellejo para lograr la felicidad, para construir nuestro destino, para llegar a ese  punto en el que miremos hacia atrás y no tengamos nada de que arrepentirnos."

miércoles, 18 de junio de 2014

Uno mismo








Todos los días repetimos la escena. Nos enfrentamos con la única persona de la que nos escondemos, a la que le mentimos y engañamos más que a nadie en el mundo. Cada mañana la vemos en el espejo y, sin embargo, no la miramos a los ojos, no la enfrentamos por temor a los reproches que nos pueda hacer. Y reiteramos el ritual higiénico o estético, sin darle lugar a lo que se oculta en la profundidad de la mirada que nos refleja esa imagen.

Enfrentarnos a nosotros mismos en el espejo puede ser el reto más grande del universo y muy pocos son los que se atreven a realizarlo. Se tiran de puentes, practican paracaidismo, saltan desde un precipicio hacia la nada, pero no son capaces de sumergirse en sí mismos y conocerse.

Cada mañana en el espejo, vemos a esa persona que no terminamos de conocer. A la que nos grita que debemos jugarnos por la felicidad, pero las convenciones sociales, el qué dirán, la rutina acalla su voz. La insatisfacción se nota en el rostro, en cada arruga, en las sonrisas a medias, en los gestos adustos, en las personas cerradas y hoscas que utilizan esos recursos para no enfrentarse a su realidad.

El espejo les devuelve una imagen que no les gusta, siguen con un camino que no desean, pero que se imponen para cumplir con los demás. Prefieren quedar bien ante el mundo, antes que preguntarse qué es lo que realmente quieren, porque escondieron sus sueños en un rincón al que nunca más volvieron.


Cada mañana, al despertar, nos enfrentamos con nuestra imagen, atrapada en un espejo, que nos grita que no hemos logrado ser felices. Cada mañana, nuestros ojos evitan la mirada que nos devuelve el espejo, porque elegimos ser ciegos a nuestros deseos para obtener la aprobación de los demás. Cada mañana, nos perdemos la oportunidad de ser felices.

¿Qué haremos mañana, al despertar? ¿Evitaremos mirarmos a los ojos y recordar cuáles fueron nuestros anhelos?