jueves, 12 de julio de 2018

Apostar.



"Yo se lo que es apostar, jugarse todo dd una vez y verlo que se va como el agua entre los dedos.

Yo se lo que es arriesgarse porque la suerte estaba de mi lado y me había dejado ganar algunas veces.

Comencé apostando poco, un par de monedas, como si no me importara lo que fuera a suceder. La a tiré sin mirar en donde cayeron, como por compromiso, casi por obligación. Y ese par de monedas me dieron una satisfacción pequeña.

Volví a jugar, poco, como quien se arriesga con miedo, sabiendo que nunca un rayo cae dos veces en el mismo lugar. Tímidamente arrojé las mismas monedas para que el azar cumpliera su rol. Y, otra vez, dupliqué los que tenía.

Aposté de nuevo. Esta vez más segura, más firme, decidida a que podía controlar lo que entregaba, jugué un poco más fuerte. Volví a ganar y parecía que, al fin,la buena fortuna se había enamorado de mi.

De pronto noté todo lo que había acumulado. No se si fue codicia, no se si fue capricho, no se si fue certeza, pero tomé todo lo que poseía, lo que llevaba, y me jugué por entero. Aposté hasta mi alma, confiada en que iba a ganar.

Pero no, volví desnuda y descalza, caminando en medio de la noche, con frío y sin comprender qué había ocurrido, ni como me había dejado llevar por la vorágine de ese juego.

Aposté el alma, la piel y mis sueños, para que se fuera todo de repente, así como si cayera a un profundo abismo sin final.  Sola, herida y confundida.

Aposté la vida y perdí todo,  sin haberme guardado nada para mi.  Sin haber tenido el egoísmo de dejarme algo en el bolsillo para resguardarme. Aposté, sin pensar en mi.

martes, 10 de julio de 2018

Precipicio.



Tal vez detrás de esa puerta habrá un nuevo precipicio. Otra vez una nebulosa que no nos permita ver si el próximo paso lo daremos sobre tierra firme o será un salto al vacío.

Tal vez no haya más que una pared que no conduzca a ningún lugar. O quizás nos lleve a ese lugar que tanto esperábamos.

Quizás todo sea cerrar los ojos y lanzarse a la nada, rezando porque está vez no haya golpes, ni se nos rompa el alma, que allá abajo alguien nos espere, con los brazos abiertos.

Quizás sea volver a arriesgarse. A jugarse con los ojos cerrados. A volar.

jueves, 5 de julio de 2018

Azul.


En este momento el amor se me hace que es de color azul, calmo, sensato, paciente. Como una ola de mar que acaricia la playa, sin golpearla, suavemente, mientras la luna besa la espuma que llega a la arena.

Se me hace la huella que una va dejando, mientras camina con los zapatos en la mano, meditando sobre la vida misma. Mirar al océano y regalarle una sonrisa de satisfacción.

Hemos pasado el tiempo de vivir bajo el rojo verdugo de un sol abrasador y ahora nuestra piel necesita un bálsamo, que la haga sentir la paz de estos años en los que observamos a nuestro alrededor con una calma misteriosa.

El azul esconde secretos profundos que de repente vamos descubriendo, porque la vida nos ha enseñado algunas cosas...poco a poco nos vamos poniendo algo más sabios, algo menos necios, quizás más humildes ante la cercanía de nuestro final y mucho menos soberbios que cuando pensábamos que podíamos comernos el mundo de un bocado.

Azul, eterno y abismal. Maduro y pensativo. Reflexivo y vital. Un amor equilibrado que no nos arrastra hacia ninguna parte, que nos acompaña, caminando descalzo por la arena, con los zapatos en la mano y la misma paz en la mirada.

domingo, 1 de julio de 2018

Duermo



Duermo. Tu dedo recorre mi espalda, desde el hombro hasta la cintura. Se detiene allí. Tu mano se abre y se posa en mi piel. Acaricia mi cintura hasta rodearme  por completo.

No duermo, pero finjo que si, para  que me despiertes o a que te acurruques a mi lado. Tu calor me invade y me tapas con la manta de tu cuerpo. Tu boca desliza un suave beso en mi hombro. Retiras un mechón de pelo que te impide llegar hasta mi cuello.

Ya no puedo disimular que duermo. Tus pies se mezclan con los míos, jugando a que son serpientes que se enredan en un paraíso de telas de algodón. Tu brazo me acerca a tu cuerpo, cuyo aroma actúa como una droga que me doblega, sin dejarme pensar en nada. Sólo sentirte como mi refugio, como mi paz, como lo que se siente cuando uno encuentra su lugar en el mundo.

Jugamos. Tu voz me susurra al pido palabras que ya conozco de antes, pero que parecen recién inventadas. Las escucho como si jamás me las hubieran dicho. Como si tuviera la inocencia que perdí en algún recodo del camino, como si me la hubieras devuelto en algún beso que sentí como si fuera el primer beso que me dieron.

Te miro.  Como si nunca te hubiera visto antes. Como si jamás hubiera mirado a alguien. Como si fuera la primera vez. Te miro como se mira a lo más maravilloso del mundo. Como a eso que el destino me marcó para que fuera mi principio y mi punto final. Te miro como si fuera la última vez que pudiera hacerlo.

Despierto. Y no estás. Y tú dedo no recorrió mi espalda y tu voz no me murmuró ninguna palabra al oído, ni tus ojos se quedaron colgados de los míos como tantas veces lo hicieron. Tu aroma no está en el aire y tu lugar de la cama está frío.

Enciendo la luz. Miro la hora. Son las doce de la noche de otro jueves que mi teléfono quedó en modo silencioso. Es otro jueves a la noche que titila la frase "llamada perdida" en mi celular, con un número que no tengo agendado. Otro jueves que borro el mensaje sin contestar.

domingo, 24 de junio de 2018

Desnuda.








Desnuda, frente al espejo, buscando en algún lugar los sueños que quedaron en el camino.

Desnuda, sin mirar atrás, sabiendo que todo puede ser, que nada es imposible, que algo puede ocurrir y seguramente sera un milagro.

Desnuda, mirando el vestido del tiempo que pasó, las huellas que marcaron mi vida hasta este lugar, los miedos que pesaron en cada paso hasta llegar aquí.

Desnuda, mi alma ante mí
más desnuda que nunca, reconociendo mis defectos en toda su plenitud, aceptando que mi imperfección es la mejor obra de mi vida.

Desnuda, sin miedos, sin rencor, sin nada que me ate a lo que ya fue, a lo que vendrá ni a lo que ignoro.

Desnuda, ante el mar, y ante Dios
Imágen tomada de la web
© Cristina Vañecek-Escritora Derechos Reservados 2018


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miércoles, 20 de junio de 2018

Tres canciones, tres hombres, tres amores.



Cada historia que vivimos tiene algo que la caracteriza y la hace única. Un perfume, un lugar, una canción. Los amores, muchas veces, nos dejan una huella que nos vuelve a recordar esos momentos cada vez que sentimos ese aroma,  estamos en ese lugar o escuchamos ese tema musical.

Conocí a Willy hace más de 25 años. Nos cruzábamos todo el tiempo en distintos negocios, por cuestiones de trabajo. Yo era muy estructurada y el divertido. Un día, no se por qué, le dijo a un cliente en común,mientras me pasaba una mano por el hombro, "ella va a ser mi esposa".

Me descolocó.  No supe como reaccionar. Lo miré sin decir nada, porque tenía que digerir esas palabras. Desde aquél día, siempre que nos veíamos (varias veces por día, varios días a la semana) hacia bromas similares. Poco a poco fui armando algunas respuestas, saliendo de mi timidez y aprendiendo a ver que más había en esas bromas.

Una mañana él iba en su camión, yo caminando. Por aquellos días estaba de moda una canción de José Luis "el Puma" Rodríguez, y Willy sacó medio cuerpo a través de la ventanilla y me cantó el estribillo, que bombardeaba las radios. Nunca pasó nada entre nosotros, tuvimos una charla en donde descubrí que eso que nos pasaba no podía ser. No para la que yo era entonces.

Sin embargo, cada vez que escucho esa canción, me descubro sonriendo por la ternura de aquel amor inconcluso.
https://youtu.be/Af-0_xgJlA4

El amor con Adolfo fue a la distancia. Poco a poco, palabra a palabra, hablando de mil temas distintos, fue creciendo algo que para mí era imposible. Un sentimiento que yo no podía explicar, pero que me alertaba de cada mensaje que aparecía en mi correo electrónico, en tiempos en los que no existían las notificaciones.

Adolfo fue descubrir la pasión, las ilusiones, las ganas de armar un proyecto de vida con otra persona, el deseo de tener mi propia familia por primera vez.  También fue sentir que alguien me acompañaba todo el tiempo, pese a estar a 400 kms de distancia...Y sentir esa distancia cada día calándome la piel.

Por aquella época el grupo Los Nocheros habían reflotado una vieja canción que mamá escuchaba todo el día cuando yo era muy pequeña, y que ahora cobraba un sentido en particular.  Escucharla era elevarme y querer ir a donde él estuviera, contándole que había hecho y escuchando como había sido su día.
https://youtu.be/bbIoJg06QiQ

Oscar fue el amor de la madurez. Ese que aparece en los últimos días de nuestro verano, acariciando con su calor nuestra mano y acompañando nuestro camino de una forma más pausada.

Nos encontramos en una fiesta y habría muchas canciones para elegir de esa noche. Sin embargo, la primera noche que pasamos juntos, tras charlar mucho tiempo, cuando él se durmió,  sólo hubo un tema que a mi me vino a la cabeza.

Verlo dormido, tan fragil, tan desnudo,no sólo de cuerpo sino de alma, tan indefenso y expuesto, me provocaba protegerlo de cualquier mal. Sentía la necesidad de abrazarlo, pero temía despertarlo, perturbar su paz, sintiendo su aroma, ahí, tan cerquita y tan lejos.

Y cada noche que compartimos  durante los dos años que compartimos, a pesar de muchas cosas que ocurrieron, al recordarlo vuelve a mi mente esa misma canción.
https://youtu.be/GouA_mJ5Y80

Los tres me enseñaron. Los tres fueron importantes en distinta forma. A los tres los amé con todo mi ser. Por los tres hice cosas que jamás imaginé y hubiera inventado un universo nuevo. A los tres sólo les deseé que fueran felices cuando partieron de mi vida. A los tres les deseo lo mejor. Con el corazón y el alma.

Imagen tomada de la web
© Cristina Vañecek-Escritora Derechos Reservados 2018

viernes, 8 de junio de 2018

Humana.



Soy humana, con todo lo que ello implica. Imperfecta, curiosa, con dudas, con miedos y con certezas. En pleno conocimiento de mi ignorancia en absolutamente todo, aprendiendo día a día de lo que veo, de lo que escucho, de las historias que me cuentan.

En esa humanidad asumo que cometo errores, muchos, todos los que pueda, porque de ellos adquirir conocimiento, me dejó llevar por la furia, por el desconsuelo y por el amor.

No mido  consecuencias, porque mi vida es un constante aprendizaje para ser mañana un poquito mejor que ayer. Lo poco que se, si puedo, intento ofrecerlo a quien lo necesite.

Pero fundamentalmente soy libre. Reniego de las ataduras, de los conflictos y aprendí tanto a reirme de mi misma que no permito que nadie más lo haga.  Cuando amo, defiendo con garras y dientes, me enfrento al mundo y soy capaz de desatar la peor tormenta con tal de cuidar a los míos del más leve rasguño.  Aunque me lleve la vida.

Me reconozco torpe e insensata, dispuesta a todo por lo que creo, pero con un pudo dispuesto a escuchar al de al lado.  Porque soy humana, no doy recetas de como vivir. Cada uno hace lo que puede con su vida. Cada cual toma el camino que mejor le parece.

Y por qué soy así, humana, no busco ganarme ningún otro lugar que el que ocupó aquí en la tierra. Viviendo este momento que es hoy.

martes, 5 de junio de 2018

¿A dónde va el amor?



Hoy el título de esa canción me hizo detener la mirada. Confieso que no recuerdo la letra, ni el intérprete, pero me llevó a hacerme esa pregunta.

Y el amor no se va a ninguna parte. Se hace un bollito en algún rincón del cuerpo, que duele cuando algo nos recuerda a la persona que estaba a nuestro lado.

Se convierte en un monstruo que te muerde las tripas cuando por la noche no tenes su abrazo, su voz, su aroma, y te obliga a doblarte de dolor.

Se convierte en una telaraña que te cubre, como si fueras un mueble, te tapa, con la intención de que nadie más vea tu tristeza, pero a la vez te expone, como un alma purgando su pena.

El amor no se va a ninguna parte. Se nos queda atrapado en la piel, haciéndonos mil preguntas sin respuestas, a las que buscamos una explicación imposible. 

Hasta que un día el amor se transforma. Su voz se acallar, ya no grita , comienza a canturrear suavemente. Ya no nos tapa, poco a poco nos descubre y volvemos a sentir sobre nuestra piel un nuevo sol.

El amor nunca se va, se nos queda bien adentro, porque es lo que nos alimenta cada día para seguir viviendo. El amor sólo se modifica, crece y evoluciona.

jueves, 24 de mayo de 2018

Antes de que me olvide. Décimo cuarta parte.



Cuando el tiempo pasa, cuando crecemos, cuando la vida, los consejos, la experiencia, las obligaciones, el propio cuerpo nos llenan la cabeza de cosas, palabras,números, sonidos y ruidos, podemos olvidarnos de nuestra esencia y de cosas que soñábamos cuando éramos chiquitos y teníamos todo tan claro.

Nos olvidamos cuál era nuestra pasión, nuestro anhelo, eso que tanto queríamos y hubiéramos dado todo por dedicarnos sólo a eso. En aquellos años, además de escribir, yo soñaba con el ballet.

Mis primeras memorias vienen de algún programa cultural que transmitían en alguno de los dos programas locales. Pasaban música clásica, grandes artistas, y obras de teatro extranjero, filmadas para televisión. Así conocí a Richard Clayderman y así conocí el ballet.

Vi El Cascanueces, El Lago de los Cisnes, Arlequín y otras más, en un televisor blanco y negro, supongo que a los tres o cuatro años, escondida detrás de la pared de una chimenea, medio tapada la pantalla por el cuerpo de mi padre, que nos mandaba a dormir, porque en esa época el horario de protección al menor de respetaba a rajatabla y nosotros no podíamos ver tele.

Recuerdo que me metía en la cama y apenas escuchaba los comentarios del presentador, me llevaba mi almohada, me instalaba en ese rincón sigilosamente y miraba las volteretas, los pasos, los vuelos, el arte con que las manos de las bailarinas simulaban mariposas por el aire, los trajes, la música. Absorbía todo lo que podía, hasta el momento exacto en que era descubierta por alguno de los dos (papá o mamá) que decidían levantarse para ir al baño o tomar algo de la cocina y el porche en donde me resguardaba era paso obligado.

Por la mañana siguiente, mi rutina era simular alguno de los pasos que había visto y dar vueltas por toda la casa. Ante la insistencia, mamá me llevó a un instituto de danzas y mientras hablaba con la directora yo miraba extasiada a las niñas con sus mallas azules, sus medias blancas, su zapatillas de baile y sus rodetes encerrados en una redecilla blanca, haciendo pasos apoyadas en una barra frente a un gran espejo (y quizás venga de ahí mi fascinación por los espejos grandes!).

La directora del lugar dijo algo sobre mi edad, sobre deformar mis huesos (en esa época, yo era más parecida a Olivia, la novia de Popeye, no se por qué la naturaleza fue tan cruel después!). Lo único que sé es que la respuestas a mi inscripción a ese lugar había sido un no. Y mamá llevándome del brazo y yo sintiéndome Eva expulsada del paraíso  sin haber siquiera mordido la manzana...

Lloré.  Lloré todas las cuadras que nos separaban de la parada del colectivo.  Lloré mucho. Y ruidosamente.  Pero no era el llanto caprichoso típico de berrinche infantil. Era un llanto profundo, como si me hubieran arrancado las entrañas y dejado en carne viva.

Pasamos con mamá por una zapatillería que aún existe, en calle La Rioja casi Catamarca. Entramos y mamá preguntó si tenían zapatillas de baile. Y me compró mis primeras Kelitas, blancas, transformando mis lágrimas en una enorme sonrisa y la sensación de que el paraíso volvía a abrirme sus puertas. Ahora, con las zapatillas, tenía alas en los pies y podía volar como las chicas que  veía en la tele o las niñas del Instituto. ¿Quién necesitaba de un instituto si tenía alas en los pies?

Llegar a casa, incrustarme las Kelitas y tomar la barra de la cama-cuna para imitar los pasos que le había visto hacer a las nenas de malla azul y medias blancas fue una sola cosa. Que repetía y repetía hasta cansarme.

Los años pasaron naufragué por otros ritmos, dejé por diversas razones, pero el ballet siempre estuvo ahí. Y los ruidos, las palabras, el bullicio, los números, las obligaciones, los problemas, desaparecían cada vez que veía a alguien bailar.

Con el tiempo, que nos hace crecer a todos, me hizo ampliar mi abanico de opciones y la sensación de volar fue creciendo con malambos, con tango, con cualquier arte que incluyera un par de pies haciendo juegos con la gravedad y demostrando que todo baile te invita a volar. Y me abstraigo de la manera más absoluta cuando firuletean unos zapatos, botas o zapatillas, haciendo verdadera magia.

Y como bailarina no pude ser...aquí me tienen escribiendo!!!

martes, 22 de mayo de 2018

Antes de que me olvide. Décimo tercera parte.



Hace mucho que no escribo esta especie de memorias, iniciadas por un vago temor a despertar una mañana sin recordar mi historia, mi vida, o esas pequeñas cosas que fueron armando mi carácter. Quizás un poco el miedo al envejecimiento, esa etapa en donde, a veces por una cuestión genetica, algo nos hace ir perdiendo en una nube y no reconocer ni a nuestros seres más queridos.

Quienes han leído las partes anteriores, más o menos saben que este recorrido no tiene un orden cronológico, no una secuencia lógica, ni nada más que "algo" que despierta en mi la necesidad de contarlo y expresarlo por escrito, tal vez con la secreta fantasía de reencontrarme en estas palabras si alguna vez ese temor se llegara a hacer realidad.

Y hoy le toca salir a la luz mi fascinación por los juegos de porcelana. Quizás porque mamá quiso usar ese juego azul, comprado hace tantos años, cuando yo era apenas una niñita que no llegaba con su altura a mirar las mesas en donde esas maravillas se exhibían.  Quienes habitan está ciudad, y tienen algunos años como yo, recordarán aquél famoso bazar conocido como "El emporio de la Loza", ubicado en la esquina de Luro y Salta, en exacta diagonal con el antiguo autoservicio La Estrella Argentina, que luego fue un local alquilado por la cadena marplatense de supermercados y ahora se dividió en locales, un paseo y la sucursal de una casa de artículos de electrónica. (Confieso que me siento un poco Enrique, el antiguo, el personaje que hiciera Guillermo Francella, cada vez que rememoro los comercios que estuvieron tan de moda y hoy son sólo un recuerdo en la memoria de algunos).

Entrar allí era similar a ingresar al paraíso. Si, también me pasa con las librerías y con los chulengos de la ruta, pero eso va a formar parte de otro anecdotario. Estar dentro, com tantas cosas finas y delicadas era como formar parte de un cuento de hadas o acceder a tener algo que nos distinguiera del resto.

En ese entonces éramos muchos de familia. A casa venían tíos, primos, compañeros o socios de trabajo de mi padre, y los domingos era un batifondo de gente dando vueltas para el asado, la picada, las empanadas, el postre y la sobremesa.  Mamá se volvía loca cocinando y atendiendo, mientras todos comían y tomaban sin preguntar si hacia falta ayuda. En consecuencia, necesitábamos muchos cubiertos y, sobre todo, platos, tazas, fuentes.

Fue así que mamá adquirió en esa maravillosa casa que hoy ya no existe, un juego para 12 personas de porcelana inglesa azul. Uno clásico, que he visto en las fotos de otras personas, pero que no deja de ser "nuestro juego". En aquella época tenía platos playos, platos hondos, pocillos para café, tazas para té, con sus respectivos platitos, una fuente ovalada, un platón grande, azucarera, cremera, tetera, salsera y alguna otra cosa que no recuerdo.  Cada uno de esos elementos era sumamente cuidado por mi madre como si fueran un tesoro y sólo se utilizaban los días festivos, cumpleaños y en alguna reunión importante, para luego ser cuidadosamente guardados en un aparador distinto de donde se guardaban los utensilios de uso diario.

Quizás porque mamá recalcaba siempre el cuidado que debíamos tener con "el juego", casi tratado como si fueran reliquias de incalculable valor, es que me quede siempre con la idea de tener un juego propio. Pero, a diferencia de mi madre, me enamoré a primera vista en aquellos tiernos años de un modelo que ostentaba un delicado color rosa en su decoración.

Es el día de hoy que, al pasar por una tienda especializada en esos productos, me detengo, entro y paso un buen rato buscando aquél juego soñado por mi durante todos estos años y que no he vuelto a ver.

Quizás nunca lo llegue a tener, o quizás sea el momento de aceptar que "mi juego" es este histórico azul, que me acompaña hace más de 40 años y cuyas piezas, con faltantes debido a alguna torpeza, y que siempre acompañaron los momentos más importantes de mi vida.

martes, 8 de mayo de 2018

De repente

"De repente ya no sentir nada. Sólo un enorme vacío en donde alguna vez existió el amor. Darse cuenta, de repente, que ya no se recuerda su aroma, ni su voz, ni la forma en que miraban sus ojos.

De repente no tener de donde agarrarse, porque ese escalofrío que nos corría por la espalda ya no existe. Porque la adrenalina de un encuentro fortuito se desvaneció en el infinito.

De repente saber que no queda nada, que se vació el dolor,  que ya no se siente la inmensa tristeza de su adiós,ni las ganas de verlo llegar pidiendo perdón.

De repente sentir que el corazón enmudeció ante su nombre, que verlo no te sacude como un terremoto cada fibra de tu ser. Preguntarte a donde se fue todo eso que alguna vez sentiste.

Y no saber si te quedaste seca, muerta, inmune a cualquier sentimiento o si simplemente es la vida misma que se abre camino para volver a empezar."

sábado, 3 de febrero de 2018

Inmortal.



Había logrado detener el tiempo.  Ó, quizás,  hacer que su paso se notara menos que en los otros. Su propio ritmo era distinto, más lento, parsimonioso.

Quizás ese era su secreto. Hacer todo más despacio, sin prisas. Al lado de personas de su edad, parecía más joven, apenas pocas canas se advertían en su cabello, que jamás había teñido.

Le preguntaban cómo hacía. Y no sabía qué responder porque no realizaba ninguna cosa en particular. Siempre respondía que tal vez fuera genético.

El mundo volaba a su alrededor, mientras permanecía allí, inmóvil, observando como todo ocurría a una velocidad asombrosa. Sin embargo, algo le impedía subirse a esa loca carrera en la que todos estaban inmersos.

Su vida parecía estancada, caminando por una delgada línea que separaba de la vida y la muerte. Mientras se mantuviera allí, su vida estaría segura, protegida. Si se corría, podría caer del lado de la muerte.

A veces hubiera querido subirse a uno de esos trenes veloces que pasaban a su lado, sin siquiera rozar su cuerpo. Ser alguien normal, vivir y morir a la misma velocidad que el resto.

No le gustaba ver como moría gente a su alrededor. Por cada nacimiento, moría alguien en compensación. Por cada vida,  una muerte, por cada respiración nueva, una exhalación final.

Pero eso no le ocurría. Era simplemente testigo de los milagros del mundo, podía quedarse horas observando como alguien se convertía en un adulto. Lo que para otros eran años, lo vivía como si fuesen pocos segundos.

No sabía por qué,  pero su inmortalidad era el castigo por haber vivido de una manera diferente.

martes, 12 de diciembre de 2017

Sorpresa.



Humberto bajo del ómnibus aún sin saber muy bien qué estaba haciendo. Había seguido un impulso, un deseo, una idea loca que lo hizo saltar como un resorte y salir hasta la terminal, comprar el boleto y subirse al micro sin analizar mucho los pro y los contra. Sabía que, si se ponía a pensar, nunca volvería a tener el coraje de conocerla.


Lila había llegado a su vida de una forma impensada. Ya había olvidado cuánto hacía que su ultima relación sentimental terminó y se había conformado con ser el "tío Huber" de los hijos de su hermano y de los niños de los pocos amigos íntimos que tenía. Podía realizar su trabajo desde su casa, sin necesidad de salir a la calle, y había descubierto que el delivery resolvía todos sus problemas. Un llamado telefónico y alguien se encargaba de sus impuestos, de llevar la ropa al lavadero, de traerle comida. Se había resignado a su claustrofobia y no le temía a la soledad.


Lila apareció de repente, respondiendo sus comentarios en las redes sociales de un amigo común.  Su sonrisa, la de la foto de  perfil, lo había hipnotizado. De pronto se vio contestando un mensaje privado, sorprendido por la frescura de ella,  que parecía siempre reír.  Y sin darse cuenta, pronto fueron amigos también, contándose mutuamente sus miedos, sus dudas, sus sueños.


Caminó hacia un pequeño puesto de flores que había en la terminal de esa ciudad que apenas conocía y compró el ramo más bonito y colorido que encontró.  Lila era así, bonita,  joven, una inspiración que llegaba cuando el creía que el amor era sólo una palabra más en los libros de poemas.


Buscó en su bolsillo un papel, se orientó con el GPS de su teléfono celular, y decidió caminar hasta allí, un poco para relajar sus nervios, otro poco para estirarse de tantas horas sentado en el colectivo y otro tanto para pensar muy bien qué le iba a decir.


Mientras caminaba, Humberto imaginaba el aroma de Lila, el brillo de su piel, el sonido de su risa. ¡Tantos meses escribiéndose y viéndose sólo por fotos, sin escucharse la voz, sólo leyéndose e imaginando ambos cómo sería ese momento en que sus ojos se cruzaran por primera vez!


El GPS indicaba que le faltaban pocas cuadras para llegar a su destino y él sentía que las rodillas le temblaban. ¿Qué estaba haciendo? ¿Y si ella no estaba en su casa? Humberto le había dicho que estaría desconectado porque debía realizar un viaje urgente, sin darle muchas explicaciones y Lila no sabía que él muy pronto estaría golpeando a su puerta.  Quería darle una sorpresa y no romper el hechizo que los unía.


Imaginaba a Lila alta, esbelta, con su cabello rubio oscuro flotando a su alrededor por culpa de la brisa, con su boca sonriente, e imaginaba que su voz era la más dulce de todas. No importaba la diferencia de edad, Lila lo amaba, y valoraba la timidez que él le demostraba, el tacto casi de cirujano con el que iba llevando los distintos temas de conversación,  su exquisita delicadeza para contarle sus deseos secretos y con los que quizás otra mujer habría estallado de risa. Eran dos almas gemelas, nacidas en tiempos diferentes. Pero estaba decidido a enfrentar a todos los que cuestionaran que Lila era muy joven para estar con un hombre como él, que casi podría ser su padre.


Se detuvo frente a un patio pequeño, que tenía un coqueto portoncito blanco, con un pasillo de mosaicos grises rodeado por dos parquecitos muy cuidados, que tenían unos arbustos de rosas. Tenía las manos transpiradas de los nervios, pero traspasó ese portoncito, caminó los pasos que lo separaban de la puerta marrón y golpeó varias veces.


Cuando se abrió el único escollo que los separaba, la vio. No podía ser más hermosa, su luz era mayor a la que él imaginaba, su sonrisa lo dejó mudo y estuvo a punto de desmayarse al verla ahí parada, tal cual la había imaginado. Tuvo que hacer un esfuerzo enorme para poder mantenerse de pie.


-¿Qué desea?- preguntó ella con su maravillosa voz, tantas veces imaginada.


Se sintió un poco confundido,  Lila le hablaba como si no lo conociera.


-Señor, ¿a quién busca?


Apenas pudo murmurar:


-Lila...


-Ah, espere- ella giró hacia un corredor y exclamó- Abuela, en la puerta hay un hombre que quiere verte!

Imágen tomada de la web

© Cristina Vañecek-Escritora Derechos Reservados 2017

jueves, 30 de noviembre de 2017

A veces.




A veces me invade una profunda tristeza, la sensación de estar sola en medio de tanta gente, tanto ruido. Como si todo fuera a una velocidad en la que yo no encuentro la sintonía y me siento inarmónica con el resto.

A veces me pregunto en donde puedo encontrar todos los defectos que te amé, cada lunar que te interrumpía, aquélla cicatriz que besé tantas veces.

A veces me pregunto si soy yo, que cada vez que te olvido, tu recuerdo se me presenta sin que lo convoque, sin que nadie lo llame, con la justa oportunidad para descubrir qué es lo que no quiero.

A veces mi memoria me juega malas pasadas, y pienso que te olvido y tu olvido desaparece, se transforma, muere como cada día por la noche y revive con cada amanecer.

A veces, como el sol y la luna, siento que estamos jugando a escondernos, a alejarnos, a separanos hasta donde el universo ponga la distancia más infinita y es ahí en donde volvemos a encontrarnos, a mirarnos a los ojos, a saber que sabemos, pero nos mentimos descaradamente nuestra indiferencia.

A veces, el aire me trae el rastro de tu fragancia, de no se dónde, y como un fantasma percibo tu energía, pero a veces, recuerdo que te fuiste, que cortamos el lazo que nos unía y que estás del otro lado de un abismo que ninguno va a cruzar jamás.

martes, 28 de noviembre de 2017

Antes de que me olvide, décimo segunda parte.



Las mujeres solteras que vivimos con nuestras madres tenemos la mala fama de no saber realizar tareas domésticas. La fantasía suele ser que mientras ellas se desviven por cumplir con todos los quehaceres, nosotras nos quedamos sentaditas en una especie de nube cósmica para que no se nos estropee el esmalte de uñas ni se nos arrugue la ropa, mientras vemos la vida pasar.


Y no, las mujeres solteras debemos aprender a hacer todo lo que cualquier ser humano necesita para subsistir y aprender a hacerlo sabiendo que, a futuro, probablemente no contemos con la ayuda de nadie para mantener nuestras casas y a nosotras mismas.

Pero confieso que sí, que tengo mi debilidad, el punto débil, la actividad que prefiero antes que otras, si puedo elegir realizarla, y es cocinar. De pequeña veía a mi madre,  con su metro cincuenta y cinco, multiplicarse y expandirse en ese universo de aromas y elementos mágicos con los que luego nos deleitaría en la comida.

Debo advertir que para mi madre la cocina es algo así como “su reino”, el espacio en donde no quiere ser invadida y, si bien fue enseñándome las distintas preparaciones, siempre fue muy celosa de ese territorio. Pero, poco a poco, fue cediéndome la posta, al  ver que yo estaba más o menos encaminada en lo que quería preparar.


Por cuestiones de salud familiares, tuve que aprender a cocinar sin utilizar sal y, por consiguiente, encontrarle “sabor” a la comida. Y el mundo se me abrió en los aromas de las especias y las hierbas, muchas de ellas existentes en mi propio jardín. Sin ir más lejos, siempre digo que mi cocina perfecta debería tener un espacio importante para una gran estantería llena de frasquitos con todos los condimentos existentes, para poder hacer mi propia “magia”.


Mi problema es que casi no sigo recetas. Abro los estantes y la heladera y busco qué usar y como combinarlos. Mezclo sabores y mi mejor ingrediente es alejarme del mundo escuchando música mientras cocino. Bailotear mientras deambulo entre la mesada y la alacena, al compás de alguna melodía y al ritmo de la cebolla que se va saltando.


Alguna vez leí lo que siempre supe, cocinar es nutrir al otro, alimentarlo, es la mejor forma de dar amor y, reconozco, los días en que usurpo ese territorio materno es porque necesito imperiosamente decirles a los míos que los quiero de una forma diferente.


Cocinar es como una manera de escaparme del mundo, de olvidarme de la tele, las redes, el ruido, los problemas, el mundo y cualquier cosa que exista “allá afuera”. Mi estilo es diferente, porque mientras ella pareciera ser un pulpo con mil brazos y realizar todo al mismo tiempo, yo preparo los ingredientes, los corto, los acomodo en platitos y fuentes, para luego cocinar tranquila y relajada, sin otra preocupación que ver como se amalgaman los distintos elementos para una comida diferente.



En lo personal, cocinar es dar amor, es el acto más íntimo y supremo que podemos realizar para  expresarle al otro que lo cuidamos, que lo nutrimos y, además, una de las formas más sublimes de placer.

lunes, 9 de octubre de 2017

Dolor.


Hoy puedo confesar que me dolió. Que quise romper todo, desatar mi furia, volverme loca, gritar con todas las fuerzas de mi alma. Hoy puedo decir que pensé en todas las posibles venganzas, para que puedas sentir sólo un poco de todo ese dolor que yo sentí.

Que todos veían un cubo de hielo, incluso vos mismo, pero por dentro me quemaban las tripas, el corazón, el infierno mismo desatado por todo mi ser, esperando encontrar una salida y cobrarse una a una cada lágrima.

Hoy puedo asumir que sentí que me moría con cada respiración en la que no sentía tu aroma, con cada paso que se alejaban de mi tus caricias, con cada segundo que me perdía de perderme en tu mirada.

Hoy lo puedo decir, que te odié con la misma intensidad con la que te amé, que de tanto amarte me convertí en un monstruo, lleno de furia alimentada por tu ausencia.

Pocos supieron que por dentro me moría, como si me clavaran mil puñaladas con cada respiración, como si el deseo me hubiera congelado las articulaciones. Me dolía abrir los ojos y no verte, me mataba despertar y no escucharte, moría por extender la mano y no poder tocarte.

Pero hoy puedo decirlo. Dominé a las fieras que me empujaban a dañarte, calmé a los demonios que me susurraban en el oído que tenía las herramientas para hundirte en el abismo más profundo, acallé al monstruo que buscaba hacerte sentir, uno a uno, mis dolores. Les gané, te gané, me gané.

Fue un trabajo cada mañana despertar y salir de las sombras en las que yo misma me había escondido, fue lamer mis heridas, fue sacarles la infección que me enfermaba el alma. Fue mirarme a los ojos y darme cuenta de que había perdido a la mujer que había sido y a la que había reemplazado ese monstruo triste y amargado.

Y quise salir, necesité respirar aire puro, porque me rodeaba un olor putrefacto a tu olvido, y quise que el sol me iluminara y que la tierra me devolviera a mí misma, a la que construí de a poco, con esfuerzo, a la que convencí, allá lejos y hace tiempo, que merece ser feliz.
Hoy, que no me importa nada, te lo puedo decir.

jueves, 5 de octubre de 2017

Ellos se miran.

Ellos se miran. Nunca se han dado un beso, apenas un roce entre sus dedos, discretamente, para que nadie adivine el fuego que los quema por dentro.

Ellos se miran y el universo se detiene solo para brindarles unos instantes de intimidad. Para que puedan vibrar en una especie de burbuja única, en donde no los lastime nada ni nadie.

Ellos se miran. El día termina y el paréntesis que pudieron abrir para compartirse comienza a cerrarse, deben volver a su realidad. ¡Y se sienten tan libres y plenos! ¿Por qué tuvieron que conocerse en esas circunstancias? ¿Por qué tuvieron que tomar esas decisiones tan dolorosas que tambien fueron por amor?

Ellos se miran. Y de repente se abrazan, como si quisieran fundirse en un solo ser, como si no quisieran abandonar ese pequeño paraíso en donde nadie los juzga, nadie murmura, en el que no tienen que cuidarse de lo que digan, porque nadie los conoce.

Ellos se miran y querrían poder escapar, fugarse a esa isla de paz en la que no tienen que dar explicaciones, ni pedir permisos para reír, para amar, para correr, para cantar.

Ellos se miran. Y en sus ojos pueden verse todas las palabras que no pueden decirse. Y en sus miradas pueden leerse todos los sentimientos que no se atreven a confesarse. Y cuando alejan sus dedos para dejar de rozarse, se rompe el conjuro y vuelven a ser dos personas que tienen que ignorarse, que deben evitarse y que jamás podrán amarse libremente.

Ellos se miran sin saber si habrá otra oportunidad de huir, de quitarse las armaduras, de sonreír y pensar que quizás si tengan una oportunidad, que quizás el destino les hizo una broma para comprobar si realmente estaban dispuestos a sacrificarse, que quizás el amor, más allá de todo, siempre es más fuerte.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Antes de que me olvide, undécima parte.


Amores perros.

Me pasó con Frenesí. Era la primera vez que no quería tener un perro, porque en ese momento sentía que se había derrumbado. Había cortado definitivamente con el primer hombre al que había amado profundamente y m madre había caído en un pozo depresivo a causa de una enfermedad que le impedía trabajar.

Era la primera vez que la veía abatida, durmiendo todo el tiempo, triste. Sentía que le habían cortado los brazos y las piernas. La perra de una familia amiga había tenido cría y, en una visita que les habíamos hecho, mamá dijo "quiero a la marroncita". Nunca supe bien como hizo para verla, puesto que ese día estaban adentro de la cucha, Maggie, la madre de los cachorros, no dejaba que nos acerquemos mucho y los bebés debían tenes el tamaño de una laucha .

Por esos días mamá apenas caminaba, se le habi an hinchado tanto las piernas, que para hacer esas cinco cuadras nos tomamos un remisse. Le dije que sí, como a los locos, mientras la ayudaba a subirse a coche de Rosana, una de las dueñas de la casa , que se había ofrecido a llevarnos de vuelta. Ya adentro del vehículo repitió y agregó "quiero a la marroncita y se va a llamar Frenesí". Volví a decirle que sí, como a los locos, y no mencioné más el tema de la perra. Su salud estaba mal y no podía pensar en tener mascotas, menos una bebé .

Pasaron unos días y me mandó a la casa de Lucía y Rosana a saludarla y llevarles un ramo con las últimas flores que abril nos regalaba. Lucía me preguntó si quería a la perra, porque nos estaban esperando que nosotras eligiéramos al primer cachorro para dar al resto en adopción .

Estuve a punto de decirles que no, que mamá no estaba en condiciones de tener y atender a la cachorrita. Dudé y les pedí el teléfono. Llamé a casa y le pregunté a mamá si la quería . Me dijo que sí, que le llevara a la marroncita y que le íbamos a poner Frenesí .

Salimos al patio, fuimos al lugar en donde estaban los cachorros y Rosana trajo una bandeja con comida porque se habían desbandado por todo el parque. Había tres perritas que tenían marrón en el pelaje. ¿Cuál era la que mamá había visto? Una manchadita y las otras dos más uniformes. Tomé a dos y las miraba pensando en cual sería . La tercera se había subido sobre la bandeja y, cual pac-man , devoraba ansiosa lo que quedaba de comida, lamiendo la loza como si buscara un tesoro con su lengua diminuta.

No se por qué , pero solté a las que tenía en las manos y decidí que esa era la "marroncita". Me la llevé pensando en como haría para cuidarla y si Barbie, mi otra perra, la aceptaría . Frenesí fue la mejor decisión que tomé en mi vida, mamá salió de su depresión y yo de mi enorme tristeza. Las travesuras de "la gorda" son una anécdota aparte. Sus siete años de vida nos marcaron para siempre.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

La viuda.



   En el salón principal del Congreso velaban los restos de quien había gobernado el país por muchos años. Un sinnúmero de personas se agolpaban para pasar delante del ataúd para presentar sus respetos algunos, para mirar con rabia otros, para corroborar por sus propios ojos que el deceso fuera real muchos, para tener algo que contar a sus hijos o nietos varios y para pasar delante de las cámaras y que los vean todos sus conocidos la gran mayoría.

   Si bien era una persona de cierta edad, que había tenido problemas de salud durante su mandato que había podido sortear, el repentino anuncio de su muerte despertó cientos de sospechas. Había ocurrido lo mismo con su marido, cuyo cuerpo fue velado a cajón cerrado, se dijo que por pedido en vida por él mismo, pero jamás faltaron los suspicaces que no creyeron que allí adentro hubiera un cuerpo.

   Realizaban medidas con las fotos aéreas, sacaban conclusiones sobre si realmente estaba muerto y, si había muerto, muchos no creyeron que había sido por causas naturales. Mil leyendas se generaron a raíz de esa decisión: si su esposa lo había asesinado durante una discusión, si fue su hijo al defenderla, si fue uno de sus socios, si el cajón cerrado obedecía para ocultar un disparo que le había desfigurado el rostro, que si estaba irreconocible. Pocos sabían la verdad y  la última persona que lo había visto con vida ahora estaba en un féretro, llevándose todos los secretos a la tumba.

   En medio de la multitud, dos mujeres se acercaban al enorme salón en donde las cámaras de todos los canales de televisión mostraban al mundo las honras presidenciales. Periodistas de todo el planeta fotografiaban a los familiares, a los amigos, a gobernantes, socios políticos, empresarios, personalidades del espectáculo, la cultura,  la ciencia, que querían estar ahí por las mismas razones que la gente común: para decir que estuvieron, para hablar ante una cámara de televisión y así saciar su sed de protagonismo.

   Las dos mujeres avanzaban lentamente, escuchando murmullos, risas ahogadas, críticas, insultos dichos en voz baja, llantos. Un hombre que había llegado al centro de la escena llevaba una rosa roja en las manos.  Se persignó, dio un beso a la flor y la arrojó hacia el cajón. Si hubiera ensayado ese movimiento jamás le habría salido tan perfecto. Se retiró enjugándose los ojos, mientras buscaba un pañuelo en sus bolsillos y se limpiaba la nariz.
   Poco a poco ambas mujeres se iban aproximando y las voces iban bajando el volumen. A pesar del odio que había generado en muchos de sus compatriotas, un velatorio siempre era un lugar en donde se imponía el respeto, aunque más no fuera haciendo algo de silencio. Los pasos resonaban en la cúpula del salón a medida que se acercaban.

   Una de las mujeres iba apoyada del brazo de la otra, estaba vestida toda de negro, incluso llevaba un velo que le ocultaba el rostro. Un hombre que caminaba cerca de ellas le preguntó si sentía mucho dolor por la muerte de la gobernante como para ir vestida de esa manera. Ella movió la cabeza en señal afirmativa y siguió caminando girando el rostro hacia su compañera. El hombre sintió una enorme congoja ante el dolor de aquella desconocida, a la que, tal vez, las decisiones tomadas durante los años de gobierno habían ayudado a vivir. Se quedó detrás de ellas, emocionado y eligió el silencio, el mismo silencio que la gran mayoría estaba haciendo al acercarse al cuerpo.

   Pese a todas las opiniones en contrario, se había decidido darle los honores que le correspondían por el cargo que había ocupado, ya que la justicia aún no había decidido nada sobre las causas que se le habían iniciado por diversos hechos dudosos y a pesar de miles de testimonios y pruebas que nunca llevaban a algo concluyente. Los vericuetos legales hicieron que, pocos meses antes de dar el veredicto, el destino tomara una decisión terminante. La muerte fue el juez más imparcial y esa misma muerte nos vuelve a todos más buenos de lo que fuimos.

   Los guardias hacían entrar a grupos de a 10 personas al salón principal, para que los visitantes se detuvieran un par de minutos ante el féretro y luego siguieran el camino hacia otra salida. Habían hecho pasar a quienes iban delante de ellas, de modo que, seguramente, podrían llegar al ataúd en el próximo grupo. La mujer de negro se sentía ansiosa, sostenía fuertemente la mano de su acompañante, se apoyaba en ella, caminando con dificultad.

   Nadie sabía que no se conocían, que la mujer de negro estaba parada afuera, sola, tratando de meterse en medio de la marea humana que se agolpaba frente a las puertas del palacio legislativo. Que de repente esa otra mujer se le acercó, le ofreció ayuda para ingresar y que la de negro le dijo que sí, que por favor, que no se sentía con fuerzas para enfrentar a tanta gente, que temía caerse y que la golpearan. Charlaron poco, pero la mujer se compadeció de esa pobre señora, vestida de negro, tan frágil, cuyo temblor le trasmitía su mano sudorosa. Le propuso quitarle el velo, pero se negó férreamente, dijo que estaba acostumbrada a llevarlo, que no le molestaba. Le pasó una mano cariñosamente por la espalda y adivinó una sonrisa suave detrás de la gasa.

   Los del grupo anterior se estaban retirando. Uno de los guardias se aproximó y levantó el cordón que oficiaba de valla para que el acceso fuera ordenado y prolijo. Además de un velatorio, era un espectáculo hábilmente montado que se le ofrecía a los más de seis mil millones de habitantes de la Tierra. El oficial le extendió la mano para ayudarla a caminar, pese a que aún se sostenía de la otra mujer, iba a quedar muy bien visto la gentileza ante una señora mayor. La de negro soltó a su acompañante y se afirmó sobre el brazo que le ofrecía el guardia. Caminaron juntos hasta el centro del salón. Allí estaba, cubierta por una tela blanca, rodeada de flores, sus hijos a los costados; él con los ojos hinchados, ella con grandes anteojos oscuros;  algunos de los que habían sido los asistentes tenían cara de cansados o de estar hartos de montar ese circo…pero debían cumplir con el partido y con la “jefa” por última vez.

   Vio el rostro de la mujer que estaba dentro del féretro, si, claramente era ella, la que había mandado sobre una nación entera tantos años, la que no había escuchado a nadie más que a su propia ambición o egolatría. Nadie podía negarlo, su rostro estaba siendo visto por millones de personas que jamás podrían poner en duda su muerte, tal como habían hecho con él, con su esposo.

   El guardia tironeo del brazo de la mujer,  que salió de su ensimismamiento. Caminaron juntos hasta el otro lado del salón, mientras miraba por última vez ese salón, a las personas que rodeaban el cajón y esperó que la otra mujer la alcanzara. Salieron juntas por otra vereda, mientras su acompañante hablaba y hablaba sin que la mujer de negro escuchara ni una sola palabra, aunque hacía gestos con la cabeza afirmando o negando no sabía bien qué. Se despidieron y la mujer intentó darle un beso en la mejilla, sin que la de negro hiciera un solo gesto por quitarse el velo. Decidió frotarle el brazo y saludarla con unas lágrimas en los ojos.

   La vio caminar insegura hacia otra calle, pensando en que debía haberla acompañado a pesar de la negativa de la viuda. Pero giró sobre sus pasos y volvió a la calle por donde había entrado al Congreso, debía regresar a su casa y encontrarse con sus nietos.

      Al llegar a la esquina, la viuda dobló siguiendo la vereda y se aseguró de que la mujer que había encontrado no la siguiera, ni fuera a ayudarla a llegar a su casa. Un auto con los vidrios oscuros estaba estacionado a mitad de cuadra. Caminó despacio hasta el vehículo, un hombre vestido de traje bajó, le abrió la puerta de atrás y la ayudó a subir, cerrando la puerta tras ella. Se subió en el asiento de adelante, arrancó el motor y mirando el espejo retrovisor pudo observar el rostro de la mujer que había gobernado el país tantos años, que se había quitado el velo y le daba la orden de dirigirse al aeroparque de una localidad cercana, mientras quitaba de un sobre que había en el asiento un pasaporte nuevo, con otra identidad.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Antes de que me olvide, décima parte.



Junto con los recuerdos, muchas veces, vienen las preguntas. Sobre todo cuando no tuviste respuestas en su momento. Porque no sabías cómo formular las preguntas, o porque nadie a tu alrededor tenía las respuestas. Tal vez, porque esas respuestas solo las traía el tiempo.

Mi padre se fue de casa un 3 de enero, cuando faltaban 25 días para mi cumpleaños número 11. Sabíamos que, desde hacía un tiempo, andaba con una mujer, en donde pasaba algunos días a la semana, para volver a casa, darse un baño, cambiarse la ropa e irse otra vez, sin dar ninguna explicación ni dejarnos dinero para los menesteres básicos. Mamá salía a trabajar, para cubrir los gastos, algo que él consideraba “callejear”, entre otros vocablos mucho más desagradables.

Los vi peleando más veces de las que recuerdo haberlos visto en buenos términos y, los últimos años de esa convivencia, mamá dormía en la habitación que compartíamos mi hermano y yo. Confieso que de pequeña era lo suficientemente bruja como para oponerme a una de sus escasas reconciliaciones (no sé si saber que mi padre no cumpliría ninguna de sus promesas o el cordón umbilical invisible de concreto indestructible que me une a ella, hacía que me enojara con ella “por creerle” los cuentos que él le decía y que duraban el exacto lapso que yo predecía, más que la hija, era la suegra reencarnada de mi propio padre!).

Confieso, además, que nunca tuve una buena relación con él. Quizás porque no era un padre cariñoso, porque nunca iba a vernos a los festejos de la escuela, o porque parecía que siempre le estábamos molestando, pero su presencia se me hacía irritante. O tal vez fueron las escenas de violencia que tanto mi hermano como yo tuvimos que ver, fue lo que nos alejó de él, no lo sé. Sí sé que durante muchos años me preguntaba por qué , si el problema lo tenía con mamá, nos hizo a un lado como hijos, ya que jamás volvió a vernos y, de hecho, alguien nos contó que, al preguntarle sobre nosotros, simplemente encogió los hombros y dijo “que se arreglen”.

Por otro lado, le tenía miedo. Cuando se fue, me invadió un miedo terrible a que volviera, a que el principio de paz que habíamos logrado se esfumara, a que me separara de mi madre porque me negaba a verlo. Afortunadamente, en el juicio de separación (en esos tiempos no existía el divorcio) a la audiencia de régimen de visitas y custodia no se presentó, solo envió una carta por medio de su abogado, diciendo que si “los menores hasta la fecha estaban bien, no era necesario perturbar la armonía de sus vidas” y rechazaba cualquier tipo de relación con sus propios hijos.  Debo decir que fue un combo de sensaciones, todas mezcladas: tranquilidad porque no iba a verlo, no nos iba a molestar ni veríamos más peleas, pero por otro lado surgía la pregunta sobre por qué nos rechazaba.

Asumo que durante muchos años viví con la culpa de que se había ido  solo porque yo lo había deseado. Y lo había deseado mucho, sí, quería que se fuera, quería profundamente que en mi casa no hubiera más peleas ni discusiones, quería tener una familia “normal”, en donde todos nos tratásemos con respeto. Y durante muchos años pensé que fue mi culpa, porque mi madre tuvo que trabajar el doble para mantenernos y construir la casa que hoy tenemos, ya que él se fue dejándonos una pocilga insegura y mal hecha. (Adjunto que, además de rechazar las visitas, jamás pagó la cuota alimentaria impuesta por el juez). A esa culpa se sumó un enorme miedo: que mi madre se quedara con nosotros solo porque no le quedaba otra opción, por lástima o porque asumía esa responsabilidad y crecí con el enorme miedo a que se fuera. Muchas veces los adultos no saben el torbellino de cosas que pasan por la cabeza de un chico, que no tiene palabras para expresar tantos miedos juntos.

Los años me enseñaron a que yo no tuve nada que ver con las decisiones de los adultos y que tal vez, mi padre, no era un tipo feliz. Y descubrí con los años que terminé agradeciéndole la decisión de no volver a vernos, de dejarnos en paz, y evitándonos el tira y afloja que veo en algunas parejas que usan a los hijos de botín de guerra.  Aunque, reconozco, que siempre fue raro que junto con mi padre, mi abuela paterna, sus hermanas y hermanos, primos de su parte, desaparecieran como por arte de magia, siendo que hasta un par de meses antes venían casi todos los fines de semana a comer a casa y siendo que mi abuela y mis tías vivían a 15 cuadras de casa.

Fue raro crecer sabiendo que en algún lugar estaban todos ellos, que te los podías cruzar en cualquier momento, y, sin embargo, nunca nadie movió un pelo para saber si estábamos bien, o si necesitábamos algo. Fue raro y un trabajo muy duro despojarme de miedos y culpas,  aprender a quererme desde otro aspecto y conseguir convertirme en una hija digna para esa leona de madre que me había tocado en suerte.

Habían pasado casi 30 años cuando una noche de septiembre, un sábado, llamaron por teléfono a casa. Mi hermano atendió y me avisó que pedían por mí (el fijo está a mi nombre). Respondí y del otro lado de la línea, una mujer preguntaba si éramos los hijos de “Fulano de tal”. Me salió decirle que no, así, sin pensarlo, mientras me explicaba que él estaba internado y que los médicos le daban pocas horas de vida y que estaba buscando a la familia, también me preguntó si sabía en dónde vivía “la señora”. Casi se me escapa decirle que “la señora” era la persona con quien había convivido esos últimos 30 años, pero solo le dije que no sabía quién era, que se trataba de una coincidencia de apellido y que lamentaba mucho lo ocurrido pero que no podía ayudarla.

Corté. En casa discutimos bastante. Mamá quería ir a verlo, para preguntarle por qué se olvidó de sus hijos. Me negué rotundamente. No quería que, cuando ella entrara a la habitación, a él le diera un ataque, se muriera y con el ruido de los aparatos y el susto, ella se muriera detrás de él. Fue una etapa dura, porque además surgía el tema de la “herencia”, cosa que a mí no me interesaba. Si había vivido todo ese tiempo sin su dinero, podía seguir haciéndolo tranquilamente.

En soledad me preguntaba si había actuado igual que él, nunca se lo dije a nadie, jamás lo manifesté, pero estuve un buen tiempo cuestionando mi decisión. Hasta que una frase me retumbó en la memoria, algo que le había dicho a esa mujer que llamó a casa: “mi padre murió hace treinta años”. Era verdad, ese que estaba en el hospital era un desconocido, alguien que yo no sabía quién era, porque jamás supe quién había sido mi papá. Solo un nombre, un apellido y los primeros 10 años de mi vida.

Hice un ejercicio espiritual, me imaginé hablando con él y le pedí perdón, también  lo perdoné, quizás porque a veces seguimos modelos que nos imponen y yo conocía la historia familiar en la que se le reprochaba tener 26 años y “no sentar cabeza” (si, hace casi 60 años, si no te estabas casado para esa edad, eras un tiro al aire, un tarambana, etc, etc). Tal vez porque mi madre no tuvo carácter para dejarlo cuando tuvieron algunos problemas en su noviazgo, porque ella soñaba con tener su familia y no supo elegir a quien iba a ser su compañero de vida. Todas malas decisiones, tomadas por razones que no tenían nada que ver con el amor.

No es fácil escribir o hablar de todo esto, no es fácil escarbar en las cosas feas de la vida y contarlas, exponiendo nuestros sentimientos más profundos. Pero todo esto, también, forma parte de nuestra historia y, como tal, debe ser contada, para liberarnos de lo que nos pueda llegar a pesar.