miércoles, 27 de mayo de 2020

Miradas. (Crónicas del Coronavirus)



Hoy debemos tomar distancia. No hay cafés o bares en donde propiciar un encuentro casual, no existe una excusa para la aproximación, porque la aproximación está prohibida.

Hoy revalorizamos otros aspectos y la conquista ya no depende de un rostro bonito. Debemos aprender a seducir de otras formas. Habíamos perdido la costumbre de mirar profundamente al otro. Perdimos la costumbre de conocerlo, de sentirlo imposible. Habíamos olvidado lo que era esperar el momento correcto.

Hoy no sabemos cuándo podremos sentarnos a tomar un café. Ni si sería correcto tomarnos de las manos. Mucho menos pensar en un tímido beso, sin que un miedo extraño nos invada. Ese virus maldito, quizás, nos vino a demostrar que había algo que nos estábamos perdiendo. El poder de la mirada.

Y hablar con los ojos, saber algo que está escondido, más allá del barbijo, pero que está madurando, creciendo, volviéndose fuerte y, sobre todo, bueno.

Aprender que el amor es algo más que perderse sin sentido en otro cuerpo y enloquecer al contacto. Que es esto sereno, paciente, calmo, y que espera en el fondo de sus ojos el momento propicio para manifestarse.

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© Cristina Vañecek-Derechos Reservados 2020

domingo, 24 de mayo de 2020

Abrazos clandestinos. (Crónicas del Coronavirus).



Hoy es una tarde rara, fría, lluviosa. El invierno se aproxima y solo nos queda la enorme languidez de quedarnos en casa mirando el aire, mientras de fondo suena el programa de la tele que ya no vemos.

Nos quedamos en silencio, pensativos, cumpliendo reglas de horarios solo para tener una mina rutina en este limbo, que no sabemos cuándo va a terminar.

Miro por la ventana y nada acompaña a que algo mueva un sentimiento más fuerte que sentir la nada misma. Hasta el momento de leer por ahí, en un perfil de una red social, al azar, una frase que se cuela hasta los huesos.

"Abrazos clandestinos", pero no relacionados a una relación prohibida, aunque hoy en día cualquier contacto está vedado. No podemos abrazar a nuestros hijos, a nuestros padres, nuestros abuelos nos miran detrás de las ventanas, los amigos solo nos consuelan a través de una aplicación, en donde lloramos y reímos, pero nada nos da el calor, la seguridad, la  energía de un abrazo sincero, cargado de afecto.

 Me imagino el día en que podamos volver a abrazarnos y se me hace un nudo en la garganta, adivinando los brazos alrededor de mi cuerpo y pudiendo rodear con los míos a alguien más. Nunca pensé que un simple abrazo, que el deseo de estrecharme a alguien, me provocara este revoltijo interno y pienso en cuántos hoy, sin aguantarse, irán corriendo, clandestinamente, a abrazarse.

#CronicasDeLaCuarentena.
#CoronavirusEnArgentina
#QuedateEnCasa
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viernes, 22 de mayo de 2020

Al final del camino. (Crónicas del Coronavirus).



Cuando volvamos a abrazarnos, lo haremos con la fuerza del tiempo que pasó, poniendo uno a uno todos los abrazos que nos faltaron darnos todo este tiempo.

Cuando volvamos a caminar, lo haremos despacio, mirando a nuestro alrededor todo como si fuera un mundo nuevo, descubriendo paso a paso las maravillas que siempre estuvieron ahí y jamás observamos.

Cuando podamos ser libres de salir a nuestro gusto, valoraremos más esa libertad que tendremos en nuestras manos, para poder decidir qué hacer, con sabiduría.

Cuando nos saquemos el barbijo, veremos la sonrisa del otro, que todo este tiempo estuvo escondida a nuestros ojos, floreciendo junto con la primavera.

Cuando todo esto termine, cuando el barbijo no sea una barrera, cuando el amor pueda manifestarse, nos daremos ese beso largo y eterno, que nos hará dar cuenta de que la  espera valió la pena.

Cuando el amor vuelva a su cauce, sabremos que estos días fueron para madurar un sentimiento, basado en la pureza de las miradas.

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lunes, 4 de mayo de 2020

Huellas.



No estás solo, aunque parezca. Detrás de ti alguien observa tus actos. Te mira, clavando gestos.

El sendero es sinuoso, por eso debes hacer coincidir lo que dices con lo que haces. Porque te ven, y las contracciones pueden herir las almas que se están formando.

No estás solo, eres la guía que tienen para aprender a caminar. El maestro que moldeará el carácter del futuro. Luego no te preguntes qué hiciste mal, si tú haces las cosas mal.

No estás solo, ellos te siguen. Y te aman.

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viernes, 1 de mayo de 2020

Del otro lado.





Y aquí vamos de nuevo, con el alma llena de preguntas, con la ganas renovadas de sueños, atravesando el puente de mis dudas.

Aquí voy, si saber qué hay del otro lado del puente. Dejando atrás algunos miedos, ignorando si, detrás de las nubes, algo me espera.

Aquí voy, con los puños apretados, temblado y sonriendo a la vez, dispuesta al descubrimiento del misterio que se esconde detrás del velo gris.

Aquí voy, volviendo a soñar con el sol, con el perfume de las flores y el canto de las aves. Aquí voy, imaginando que del otro lado, me espera la primavera.

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domingo, 26 de abril de 2020

15 días. (Crónicas del Coronavirus).



Ya perdí la cuenta de hace cuántos 15 días no te veo. El tiempo parece detenido en ese instante en que supimos que, por quince días, no podríamos tocarnos, sentirnos, olernos.

Pero esto que no sabemos qué es insiste en quedarse, en persistir a nuestro alrededor. Inventamos formas de comunicarnos, de hablar, de sabernos cerca.

Toco la pantalla de mi teléfono, mientras una lágrima rueda por mi mejilla. Sonríes mientras me cuentas un chiste, algo gracioso, que me saque de mi melancolía, que solo pide un abrazo tuyo. Ya lo sé, no se puede.

La distancia que nos marca este tiempo es una prueba que no me esperaba. Si, extraño tus besos. Si extraño ese abrazo envolvente que me dabas. Si, extraño ver tus ojos sin la barrera que impone el celular.

Tu voz susurrando en mi oído, el perfume de tu piel (a nadie le digas que conservo un suéter olvidado, que huelo cada noche, para sentirte cerca).

La paciencia nunca fue mi mejor virtud y, sin embargo, me reconozco aprendiendo en esta etapa algo nuevo, impensado, sublime. Aprendo el amor que no se agota en una noche. Aprendo del deseo que significa solo oír tu voz. Aprendo a saber esperar, y saberme esperada.

En quince días, probablemente, dirán que debemos esperar otros 15 días para poder continuar eso que quedó suspendido en medio del coqueteo y el romance.

15 días, nunca hubiera pensado que eso representaría una eternidad.

#QuedateEnCasa

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miércoles, 22 de abril de 2020

Elección.



El destino los había unido. Nunca se sabe si el camino compartido será por un trayecto o hasta el final. Solo se disfruta ese tiempo de conocerse y aprender lo que el otro nos viene a ofrecer. Sin embargo, no todos comprenden eso, no siempre se comienza a recorrerlo con la única certeza de que nada es eterno.

A veces nos dejamos llevar por la fascinación de lo nuevo. Por esas ganas de descubrir en el otro algo que aún ni siquiera conocemos de nosotros mismos.  Por el deseo, inconsciente y primitivo, de ser los habitantes de un paraíso terrenal, en donde no haya dioses ni manzanas.

Pero (siempre hay un pero, un maldito pero) llega un momento en que la ruta nos impone decisiones individuales, porque hemos trabajado para lograr algo personal, porque debemos ceder lo que conseguimos para satisfacer al otro, o, simplemente, porque el otro no acepta algo que para nosotros es natural.

"Tus alas o yo", le espetó él, a modo de imposición, pensando que ella se las cortaría en señal de amor.

"Tus alas o yo", exclamó, absolutamente convencido en su soberbia de que ella haría hasta lo imposible por evitar que se vaya.

"Tus alas o yo", volvió a gritar él, sin notar que la ventana estaba abierta, olvidando que la vida la había puesto en situaciones similares tantas veces que ya no tenía dudas sobre lo que quería.

Miró hacia el cielo, abrió los brazos y voló, sabiendo que el aire se había vuelto irrespirable, que la libertad tiene un precio a veces muy alto y que él jamás había comprendido que amar es volar juntos y no cortarle las alas al otro.

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lunes, 20 de abril de 2020

Distancia (Crónicas del Coronavirus)



Estas ahí, del otro lado de un simple vidrio. Y, sin embargo, siento que estás del otro lado del océano, en algún rincón profundo de la galaxia.

No puedo tocarte, ni darte un beso, ni abrazarte. Tengo que imaginar tu sonrisa detrás de un barbijo que nos hace comprender algo que, tal vez, habíamos olvidado: lo que dicen las miradas.

Adivino si esa lágrima que intenta asomae por tus ojos es de alegría o tristeza. Tu voz tiembla, preguntando por todos los que no puedes ver. El teléfono no te alcanza para mitigar la soledad de las noches, y jamás reemplazará tus tertulias hasta la madrugada, en donde charlabas con tus amigos, acompañados de comida y un vino.

Si, mitiga un poco que hayas aprendido a usar algunas tecnologías, pero se que te cansas rápido de ellas. Yo, yo también extraño el calor de tu mano sobre mi hombro cada vez que sentís que desfallezco, que adivinas que algo no está bien y, aunque no te lo diga, me das fuerzas con ese gesto tan simple y que hoy necesito tanto!!

Te veo como a un preso, detrás de ese cristal, que te cuida, te protege y jamás pensé que alguna vez tendrías que cuidarte de mí, que los que te amamos podríamos ser un peligro para vos. Pongo mi mano a la altura de la tuya, hacemos coincide nuestras huellas, como reconociéndonos más allá de los rostros.

Cuando me voy, me destroza saber que,  si giro la cabeza, te veré en esa misma pose, como pidiendo a gritos tu libertad. No quiero que me veas llorar, porque no sé si soportaré verte sufrir y querré romper esa barrera para refugiarme en tus brazos, hasta que todo esto acabe. Hasta el próximo encuentro. Te estoy cuidando.

#QuedateEnCasa

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sábado, 11 de abril de 2020

Tiempo. (Crónicas del Coronavirus).



¿No te pasa que tenés que mirar el almanaque más seguido que antes? ¿Que al poner la fecha para algún trámite o documento que tenés que hacer, se te hace increíble que ya sea está fecha? ¿Que haya pasado tanto tiempo desde que saliste a la calle por última vez?

En este domingo eterno, sueño que me despierto y, al ver la hora en el reloj, me angustio porque me dormí para ir a trabajar y, en el mismo sueño, mi madre me tranquiliza diciéndome que hoy es sábado, que no me preocupe.

Me queda clavada en la memoria la hora que vi en la pantalla de mi teléfono, pensando en jugar esas cifras a la lotería...y recuerdo que no hay lotería. Que los significados de los sueños ya no significan nada y que el sábado, el domingo o el lunes se parecen entre sí. Que ya es viernes y tu cuerpo no tiene la menor idea, porque no hay plan, no hay salida, ni programa...aunque eso solo fuera quedarte en casa a descansar!!

No son vacaciones, no es una licencia, no ponemos la mente en blanco y a olvidarnos de todo, porque nuestro cerebro está a la espera de esa noticia que nos inyecte la única emoción esperada: el fin de la cuarentena.

Mientras tanto, seguimos en esta rutina sin rutinas, en este silencio que nos aturde, en este aislamiento que nos prepara para algo que aún no sabemos qué es.

Comemos, cocinamos, tenemos, miramos series, hacemos ejercicios, o simplemente no hacemos nada, esperando ese algo que nos sacuda de este letargo impuesto, pero necesario.

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miércoles, 8 de abril de 2020

Miradas. (Crónicas del Coronavirus)



A tanto que nos quejábamos de los estereotipos de belleza, esta nueva realidad nos impone un descubrimiento distinto.

Ya no habrá tanto cuerpo expuesto, tanto restregarse uno con el otro, tanto sexo por el sexo mismo como justificación para el amor, para ese amor que te hace sentir solo, vacío, aislado.

Vaya paradoja, que antes, rodeados de tanta gente, nos sentíamos tan solos. Que invadidos de gritos, estábamos aislados. Que llenos de tantas cosas, estábamos vacíos.

Ahora solo nos queda mirar a los ojos. Descubrir una luz, un gesto, un algo que nos indique que detrás de ese trapo que nos tapa la boca, hay algo más...¿Será que es el tiempo de no decir ya nada, y solo observar, para descubrir quienes somos, quién es el otro?

Ahora nos queda mirarnos, de lejos, desearnos sin poder tocarnos, sin la caricia ardiente, sin la piel que se come como una fruta deliciosa.

Ahora es tiempo de dejar madurar las manzanas del deseo, de esperar que la vida nos de permiso para disfrutar del otro. Pero está vez, de verdad. Quizas, el tiempo, nos está regalando una oportunidad que no estamos viendo...

#QuedateEnCasa
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martes, 7 de abril de 2020

Vacío. (Crónicas del Coronavirus).



Andar por la calle tiene ese qué sé yo de primer extraterrestre recien bajado de la nave. Es como reconocer, nuevamente, este mundo extraño que nos rodea. Ya casi nadie camina por la calle y aturde tanto silencio.

Poco a poco voy perdiendo la costumbre de mirar si viene algún vehículo cuando cruzo la calle. Simplemente, porque no viene ninguno. Y podría estar horas parada en medio de una avenida hasta que sienta la necesidad de apurar el paso y correr hacia la otra esquina.

Los juegos de las plazas están ahí, inertes, esperando que el viento haga alguna travesura para justificar un poco su movilidad, como si pequeños fantasmas estuvieran hamacándose o treparan por sus escalones. Si fuera el extraterrestre, no comprendería cuál es la función de esos esqueletos, plantados en medio de tanta soledad.

Las flores de los últimos días del verano crecen sin que nadie las huela. Y pocos son los que las observan, fotografiando su belleza. Algunos, afortunados, las ven detrás de un vidrio, añorando el día en que puedan volver a salir.

El extraterrestre del principio hoy no sabría bien quién hizo todo este mundo, lleno de construcciones y estructuras, en donde la naturaleza ha comenzado a ganar espacio y los humanos hemos tenido que acurrucarnos en nuestras madrigueras...hasta nuevo aviso.

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domingo, 5 de abril de 2020

La extraña gente que me rodea. (Crónicas del Coronavirus).



Salgo a la calle. Tengo que comprar algunas cosas para abastecerme y me asombra el silencio. ¡Tan cotidiano se me había hecho el ruido de motores y bocinas!

Ando unas cuadras. Pocas personas dando vueltas. Algunas más desenfadadas que otras. Unos como que no les importa o no asumen que hay una pandemia. Los otros, aprietan el paso, nerviosos, para llegar rápido a su hogar.

En la fila del supermercado ya se ven caras más serias. Algunos se ocupan de ver sus celulares, otros miran al cielo, a la calle, a los costados. El espacio que impone el distanciamiento social hace que puedan establecerse pocas conversaciones banales, como esas que teníamos antes sobre el clima, el escándalo mediático del día o la última suba de impuestos.

Poco a poco avanzamos y me llega el turno de ingresar. Con un aparato me miden la fiebre y en un segundo pienso en qué ocurriría si me da más de lo normal, en cómo se enteraría mi familia, en que no tengo idea de cómo funciona todo esto. Por suerte doy bien y paso hacia el interior.

La escena se repite. Pocos ruidos, casi nadie hablando entre sí de cosas banales, todos apurados por volver a nuestras casas. Algunos se tapan la cara con barbijos e imagino que, tal vez, nunca más veamos el rostro completo de alguien en la calle. Que quizas sea algo que reservemos solo para los nuestros, los más íntimos.

Regreso a mi casa llena de sensaciones extrañas, pensando en que mundo nuevo nos deparará la vida cuando todo esto acabe. ¿Acabará?

#QuedateEnCasa
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jueves, 2 de abril de 2020

Crónicas del Coronavirus



Una se levanta a la mañana todos los días. Lo hace como una rutina, sin prestar atención a los detalles. Se prepara algo rápido para tomar como desayuno, se viste casi sin prestar atención, agarra su cartera, teléfono, llaves y sale a la calle.

En la calle se encuentra con cientos de personas. Nadie se conoce entre sí. Nadie sabe nada del otro. Algún refunfuño por un conductor que hace una mala maniobra, esperar los semáforos, llegar al trabajo, y cumplir con sus obligaciones.

De repente un día te das cuenta de que tus rutinas tenían un valor excepcional. Que cada paso que das tiene un detalle especial. La forma en que preparas el café o el mate, o el té. Como te sentás en la mesa, con quién.

Le prestes más atención a los pasos de tu ritual al vestirte, al peinarte, al salir. Ya no es lo mismo tomar las llaves, el teléfono. Cada objeto ahora es un potencial peligro. Hay que tener en cuenta otras costumbres.

En la calle andan pocos vehículos. Te asombra no tener que estar mirando a los cuatro costados, porque hay espacio de sobra.

Ya no podés saludar con un beso a tus amigos o conocidos. No podés compartir un mate. Cada persona con la que te cruzás es un potencial riesgo de contagio.

Todo cambió. Nada es igual. Aprovechemos a darnos cuenta de las cosas que nos estábamos perdiendo. Rescatemos todo este nuevo mundo que nos abre posibilidades de aprender algo nuevo.

#CoronavirusEnArgentina #MarDelPlataSeQuedaEnCasa
#QuedateEnCasa

El mundo gira. (Crónicas del Coronavirus).

El mundo gira. (Crónicas del Coronavirus).

La vida sigue, a pesar de esta monotonía repetida. Algunos podemos romperla por nuestras tareas. Somos "esenciales", aunque a veces me pregunto bien qué significa eso. Todos los somos, en cierta medida.

Los programas se concentran en los datos de contagios, testeos, muertos. Parece una competencia entre países, a ver quién tiene menos o más víctimas del virus que llegó para ¿quedarse? Ya casi no se habla de otros temas, y los otros pocos asuntos de los que tratan, da vueltas en torno a esta calamidad incontrolable.

Pero el mundo sigue girando. La vida de abre camino y nacen niños. Los cumpleaños se suceden, las tortas ahora son las sencillas, pero no menos exentas de amor. Siguen habiendo milagros, el amor se sucede gracias a las redes y las familias, muchas, reafirmaron un lugar de encuentro al que, tal vez, le restaban importancia. La casa volvió a ser un hogar.

El mundo sigue girando. En algún lugar del planeta está regresando la primavera, la naturaleza está renaciendo y con ella, la esperanza. En algún lugar, alguien llora por un corazón roto; en otro, cuentan los días para volver a verse con esa persona a la que se extraña el aroma, el tacto, la mirada.

El mundo sigue girando. Nos guardamos para protegernos y cuidar a los nuestros. Puertas adentro, te abrazas a esa persona que te ancla a a la tierra, que te salva de toda la locura y sonreís. Porque el mundo sigue girando, a pesar de todo.

Cuidate. #QuedateEnCasa

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lunes, 30 de marzo de 2020

No es amor



No es amor si te humilla, si te maltrata. o si te hace chistes hirientes, si te apaga.

No es amor cuando te anula, o te corta las alas. Ni si te pincha los sueños y te degrada.

No es amor cuando te ataca, o te amenaza. Ni cuando le pega a la pared, ni cuando hace que se marcha.

No es amor cuando vuelve arrepentido y no cambia. Ni es amor cuando te pide de rodillas que le abras.

No es amor cuando te manipula para que no salgas, o que no uses maquillaje o faldas.

Entendelo, no es amor cuando te tiembla el alma. Cuando para hacerlo feliz, dejas de hacer lo que amas.

No es amor si te pide que seas menos, si no disfruta de tus logros, si te rebaja.  Ni si en una discusión, te golpea o te mata.

No tengas miedo de denunciarlo, si cuando cortas la relación te persigue, te vigila o te acosa.

 No le tengas lástima a quien, llegado el momento, no le va a importar tu vida y te considera una cosa.

No es amor. Entendelo. No es amor.
 #NiUnaMenos

Me quedo en casa (crónica del coronavirus)



Me levanto y no sé bien si vestirme, quedarme en pijama o qué hacer. Es como un domingo largo y eterno, lleno de siestas, en donde se pierde un poco la noción del tiempo.

No se casi que hora es. Almuerzo si veo que aún hay sol y ceno porque está oscuro. Casi sin ganas, por rutina, escuchando en el fondo las voces de la televisión que, en su estridencia, me dice lo grave que está todo afuera.

Los consejos aparecen por las redes. Limpiar, ordenar, sacar, poner, hacer. Desee afuera nos indican qué hacer en esta rutina sin rutinas, en este limbo en donde solo me despierta el anuncio de un anuncio que tarda horas en llegar y las conjeturas hacen que la incertidumbre sea más fuerte.

No dicen nada más que ya no sepa, que no hayan repetido hasta el cansancio y, de repente, apago todo, pongo algo de música, pienso que esto son unas vacaciones eternas, en las que tengo que pasear por mi interior.

Dejo el silencio que me invada. Miro hacia afuera, la lluvia cae monocorde y el gris se hace más gris en este día que ya dura casi dos semanas.

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© Cristina Vañecek-Derechos Reservados 2020

miércoles, 19 de febrero de 2020

Adiós.



Ya está. Terminó la fiesta y las luces se apagaron. Ya no somos esos que se deslumbraron al ritmo de una música embriagadora. Volvimos a ser estos dos seres descarnados, normales, sin las plumas del pavo real que nos adornaban.

Ya acabó. Todos se fueron y solo quedamos nosotros, vacíos, sin rumbo, preguntándonos con la mirada qué hacemos ahora con esas promesas que ninguno estaba dispuesto a cumplir. Qué hacemos con las palabras que usamos sólo para poder tener unos minutos de  algo parecido al amor.

Ya fue. Nunca fuimos ni seremos uno para el otro. Tu camino y el mío jamás coincidirán más que en este cruce inesperado. Vos seguirás tu sendero, sin mirar atrás, sin acordarte de mí, olvidándome en otros cuerpos. Yo deberé recorrer mi ruta, levantándome una vez más, cuando ya nada duela, cuando seas una sombra en mis recuerdos, cuando cuente nuestra historia y no logre decir tu nombre.

Ya no más. Ya basta para mí. Basta de la mentira en donde todo parecía color de rosa, hasta que tus manos se volvieron frías y tu sonrisa un gesto parco. Yo quiero al otro, a ese cuya carcajada me hizo estremecer, al que me hizo sentir como una corriente recorriendo mi cuerpo, al que me dio el beso más dulce del mundo, al que me abrazo y me hizo sentir que su pecho era mi lugar en el mundo.

A este despojo sin sentimientos que  queda luego de la fiesta, al que se sienta en una silla sin mirar a su alrededor, al que no le importa qué necesito hasta que me necesite, al que me hace sentir invisible, sola, no lo puedo aceptar.

Por eso, me quito los zapatos, tomo mis cosas y me marcho. Me llevo los fantasmas que fuimos en mi bolso, te dejo los besos que jamás volveré a dar y cierro la puerta tras de mí, para nunca más volverte a ver.

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© Cristina Vañecek-Derechos Reservados 2020

domingo, 15 de diciembre de 2019

Ruinas.






Una se imagina que una casa siempre es un hogar. Un refugio para aislarnos del mundo. Un espacio en donde podemos sentirnos auténticos, en paz. En el que construir nuestra vida, nuestro futuro. El lugar en donde crecerán nuestros hijos, en donde cumpliremos etapas, hasta cerrar los ojos por última vez.

Cuando veo una casa abandonada, me pregunto qué le faltó para convertirse en un hogar. Que hizo que quedara inconclusa su finalidad de proteger, de crear, de abrigar a quien la construyó. Que desilusión dejó esas paredes a medio levantar.

Me imagino a las personas que podrían haberla habitado. Sonrientes, felices, llenos de ilusiones y proyectos. Hasta que algo los paralizó. Los dejó en medio de la nada, vacíos, frustrados y tristes.

Los imaginas desolados, olvidando esa construcción, sin querer mirar como el musgo se apodera de sus paredes, como alguien destroza un vidrio, otro se lleva los marcos de las puertas, alguien busca refugio de una noche.

La casa pasa a ser un sitio inhóspito, triste, lúgubre. Quienes pasan por su vereda la miran con desconfianza, caminan rápido por temor a que algún delincuente se esconda en alguna de esas habitaciones vacías, murmuran pensando en esos dueños inconscientes que no tapian, no limpian, no cortan el pasto.

Me pregunto qué le faltó a la casa para que la abandonen, la olviden y la ignoren. Y me pregunto si a sus dueños no les faltó amor para hacerla un hogar.

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© Cristina Vañecek-Derechos Reservados 2019

martes, 3 de diciembre de 2019

Eva en su paraíso.



No le importó la serpiente, ni Adán, ni el castigo divino. Nada podría hacerla perder el paraíso que había creado en su mente.

Cada mañana se levantaba de la cueva improvisada, salía al sol y sonreía pensando en las mariposas que ya no estaban, en las flores que ya no crecían y en las aves que ya no cantaban.

Le molestaba el rostro de Adán, cansado y hambriento, culpándola por haber sido expulsados del Paraíso. No veía el rencor en sus ojos cada vez que no conseguía comida, ni la tristeza ante el frío intenso, ni la desesperación que él sentía cada vez que las tormentas amenazaban con inundar ese hogar improvisado.

Eva seguía en su mundo, riendo como si los leones fueran gatitos, bailando como si los cocodrilos fueran mansos, recostándose en medio de las piedras como si estuvieran cubiertas de musgo.

Parecía que nada la afectaba, sin embargo, en soledad, Eva maldecía su suerte. Cada vez que Adán de iba, golpeaba sus puños contra las paredes, reclamándole a  Dios por su infortunio. Si no quería que probara la manzana, ¿Para qué había puesto un árbol en medio del Edén? ¿Para que había creado a la serpiente, sabiendo que iba a rentarla? ¿No se daba cuenta Dios de que él era el culpable de todo, pero se vengaba en ella para no reconocerlo?

Adán ignoraba lo que pasaba por la mente de su mujer. Sólo quería comer y dormir, reposar un poco del terror que le provocaba ir sin saber a dónde por algo de comida. Nadie comprendía el pánico que le generaba no tener idea de qué debería enfrentar para alimentar a su familia.

Eva seguía en su mundo, en su paraíso imaginario, escondiendo sus emociones, su dolor, su rabia. Sonriendo mecánicamente a todos, como si hubiera ensayado mil veces un personaje. Pero, en el fondo de sus ojos, de vez en cuando, un brillo asomaba, como si estuviese a punto de explotar.

 Adán necesitaba saber qué pasaba por el alma de Eva, quería ayudarla, llorar juntos lo que perdieron y darse valor mutuamente para enfrentar ese mundo nuevo. Necesitaba a Eva para poder derrumbarse, sentirse consolado, frágil e inocente. 

Sin embargo, ella, como por arte de magia, se tragaba eso que le dolía tanto, lo que jamás demostraría a nadie,  sonreía y salía al sol, dándole la espalda a Adán. Ella no iba a permitir que nadie la sacara de su paraíso, ese lugar en donde no existía el mal, en el que solamente ella reinaba.

Imagen tomada de la web.

© Cristina Vañecek-Derechos Reservados 2019

domingo, 24 de noviembre de 2019

Valiente.



Hay días en que nos sentimos solos. En los que pensamos que ya nada podemos hacer. Días en los que nos rodea la oscuridad.

Nos acurrucamos en un rincón, nos tapamos los oídos y cerramos los ojos, nos hacemos un bollito, apretando las piernas contra el pecho y repetimos bajito alguna canción, para espantar a los monstruos que nos rodean. O para convocar a quien nos rescate y nos guíe para salir de donde estamos atascados.

No vemos el camino. Tenemos la mente obnubilada por el miedo, las dudas y la incertidumbre. No sabemos que podemos hacer, no distinguimos nada a nuestro alrededor que nos señale un camino, una ruta, algo que nos indique hacia donde ir. No sabemos si enfrente hay tierra o un precipicio. Por eso elegimos quedarnos quietos, esperando no sabemos qué.

Hasta que un día nos damos cuenta de que la única forma de sobrevivir es moverse, salir de esa esquina en donde nuestro destino es morir lentamente.

Ciegos, tanteando a nuestro alrededor, temerosos, comenzamos a movernos. Nos duele cada uno de nuestros músculos, pero en el fondo de nuestras almas tenemos la certera convicción de la necesidad de vivir, de volver a la luz, de caminar aunque cada paso nos haga caer, porque la quietud nos quitó fuerzas.

Y comenzamos a buscar desesperados el camino, sin guías, sin manos, sin ninguna de las ayudas que esperamos infructuosamente. Solos. Nos duele cada vez que trastabillamos, pero continuamos, obsecados, la búsqueda de la salida de ese pozo en el que caímos sin saber cómo.

Probamos caminos, retrocedemos, probamos otras rutas, caminamos hasta tomar confianza, hasta descubrir que solo nosotros somos los héroes capaces de encontrar la luz. Que nadie más nos puede ayudar. Y ya no nos importa lastimarnos, ni tener herramientas para escalar las paredes que nos rodean, porque desarrollamos una paciencia a prueba de balas, una fuerza insospechada que nos hace perseverar hasta llegar a la superficie, hasta oler el aire fresco y sentir el calor del sol en nuestra piel.

Llegamos, no fue fácil, nos volvimos más fuertes, más sabios. Nadie es más valiente que nosotros mismos, enfrentando nuestros miedos.

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© Cristina Vañecek-Derechos Reservados 2019