lunes, 30 de julio de 2018

Esplendor



A veces nos dejamos enceguecer por personas que emanan una luz que se expande, y brilla de tal manera que borra todo a su alrededor.

Nos impide ver qué hay, y vamos caminando a ciegas, tanteando el camino, ignorando si el siguiente paso será sobre seguro o nos conducirá a un precipicio.

Y cuando nos acercamos, cuando podemos ver, notamos que esa flama que nos iluminada era sólo una triste llamita, reflejada en un espejo amplificador.

  Que no tenía nada.  Que ni siquiera quemaba, ni tampoco calentaba un poco el aire a su alrededor. Que simplemente era un fuego fatuo, una puesta en escena, para lograr que nos acerquemos. 

Hay personas que son solamente una imagen que venden, pero que no pueden sostener en el tiempo. Hay personas que son sólo máscaras,llenas  de un enorme vacío.

domingo, 29 de julio de 2018

¿Quién dijo?



¿Quién dijo que la felicidad es lo mismo para todos? Vivimos cumpliendo expectativas ajenas, las principales enlazadas a los momentos más íntimos de nuestras vidas.

Que si tenemos parejas, que cuándo nos casaremos, que si no tenemos hijos pronto luego será más difícil, que si tenemos uno debemos tener otro...Y así siempre alguien diciendo los latiguillos ancestrales de personas que nos quieren bien, pero que desconocen que deseamos...o que nos tiene deparado el destino.

Algunas personas hemos aprendido a esperar, a detener mágicamente el tiempo de nuestros relojes, porque el mundo corre tan vertiginosamente que nos marea. Y la velocidad es embriagadora!! Pero algo interno nos dice que debemos bajarnos de esa vorágine inmediatamente, un click interno nos grita que no, que no es nuestro momento, que nuestro camino es diferente  y debemos saber esperar.

Y tras los amuletos, los rituales, las salidas, las búsquedas eternas en otros cuerpos de aquello que no sabemos bien que es, un día nos damos cuenta. Y nos estalla en la cara como una gran verdad, como una luz enceguecedora pero que nos muestra los que en el fondo siempre supimos, pero las voces de afuera no nos dejaban escuchar.

A veces, el amor, es encontrarse en paz con uno mismo. Es respirar un domingo a la mañana y sentir el equilibrio de estar completos así como estamos, sin depender de nadie. A veces, no seguir los mandatos es el mejor acto de valentía con uno mismo que puede existir.

A veces, la tranquilidad es ese sentimiento que perseguíamos en otra persona y sólo podíamos encontrarla en nuestro interior.

¿Quién dijo que enamorarse de uno mismo era egoísmo? Algunas almas nacimos para volar libres.

domingo, 15 de julio de 2018

La Rosa.




   Hacía muchos años que Adrián había perdido el rastro de Isabel. Nunca había sabido por qué ella decidió dejarlo.  Nunca supo la razón por la que aquella noche, tras cenar en su casa y hacer el amor, ella le dejó una rosa sobre la almohada y se fue mientras el dormía.

  Simplemente desapareció. Aquella noche hicieron el amor de una manera distinta. Ella tenía una sombra en sus ojos, una tristeza particular que no le explicó.  "Cosas de mujeres, sentimetalismo", fue la respuesta que obtuvo cuando le preguntó qué le ocurría.

  Su perfil de las distintas redes sociales había desaparecido. No atendía las llamadas telefónicas. Poco a poco se acostumbró a su ausencia. Conoció a otra mujer, sin misterios, con la que al poco tiempo formó una familia. Sus hijos le hicieron olvidar el dolor que había sentido y era un hombre feliz.

  Encontrarla fue una estampida de sentimientos que no pudo contener. Estaba enojado con ella. ¡La había odiado tanto por no responder sus llamadas! ¡Se había sentido tan sólo! Pero ¿por qué ella estaba en ese sector del hospital?

   De repente notó su aspecto desmejorado, si delgadez extrema, sus manos temblorosas. Su piel ya no tenía aquella lozanía que supo de sus caricias. Sus ojos, grandes, desproporcionados, lo miraron con una mezcla de tristeza y alivio.

-¿Por qué? ¿Por qué te fuiste así?- fue lo único que atinó a preguntarle.

  Ella hizo un gesto mostrando su cuerpo enfermo.

-Por esto. No tenía derecho.

-¿No tenías derecho? ¡Tenías la obligación! Yo tenía derecho a saberlo!

-¿Para qué?- su voz tenía una tranquilidad que lo asombraba.

-Para acompañarte. Para transitar juntos este camino.

  Por primera vez la mirada de Isabel brilló y sonrió con cierta ironía.

-¿Para acompañarme? No, Adrián. No era justo atarte a una mujer enferma que no podía ofrecerte nada. Y no quise tu lástima.

-¿Lástima? ¡Yo te amaba! Desapareciste, te borraste de la faz de la tierra!

-¿Desaparecí? Todos estos años viví en la misma casa.  Sólo apagué unos días el teléfono y salí del mundo virtual. Vos no me buscaste.

- ¿Por qué no volviste a llamarme?

-Porque me olvidaste.

-¿Olvidarte? Ni uno solo de estos años deje de pensar un día en vos.

Isabel respiró profundo. Sonrió. Se acercó a él, le acaricióla mejilla.

-Armaste una familia. Tenes hijos. Saber que sos feliz me dio fuerzas todo este tiempo.

-¿Cómo sabes eso?

-Porque nunca me alejé tanto de vos como para no saber como estabas. Me fui porque mi mayor dolor no eran las molestias de esta enfermedad, sino pensar que iba a ser un peso en tu vida, que decírtelo sería obligarte a vivir un calvario a mi lado.

- No me diste a elegir!!

- Si. Elegiste. Cuando decidiste no buscarme.

  Una enfermera llamó a la mujer. Ella comenzó a caminar hacia el pasillo, sin mirar atrás.

-Mañana voy a venir a verte. Y cada día. Hasta que estés mejor.

  Ella sonrió. Hizo un gesto con una mano en señal de despedida.

   La mañana siguiente Adrián entró entusiasmado a la habitación de donde Isabel había salido. Una enfermera lo cruzó en la entrada.

-¿Y la mujer que está internada en este cuarto?

-¿Es usted familiar?

- Un amigo.

-¿Ella no le dijo?

  Adrián entró al cuarto vacío. Había una rosa sobre la almohada. Adrián la tomó con lágrimas en los ojos.

-Ella me pidió ayer que le comprara esa rosa. Dijo que usted iba a entender. Ella se fue.

https://youtu.be/6UUxVP5gbXs

jueves, 12 de julio de 2018

Apostar.



"Yo se lo que es apostar, jugarse todo dd una vez y verlo que se va como el agua entre los dedos.

Yo se lo que es arriesgarse porque la suerte estaba de mi lado y me había dejado ganar algunas veces.

Comencé apostando poco, un par de monedas, como si no me importara lo que fuera a suceder. La a tiré sin mirar en donde cayeron, como por compromiso, casi por obligación. Y ese par de monedas me dieron una satisfacción pequeña.

Volví a jugar, poco, como quien se arriesga con miedo, sabiendo que nunca un rayo cae dos veces en el mismo lugar. Tímidamente arrojé las mismas monedas para que el azar cumpliera su rol. Y, otra vez, dupliqué los que tenía.

Aposté de nuevo. Esta vez más segura, más firme, decidida a que podía controlar lo que entregaba, jugué un poco más fuerte. Volví a ganar y parecía que, al fin,la buena fortuna se había enamorado de mi.

De pronto noté todo lo que había acumulado. No se si fue codicia, no se si fue capricho, no se si fue certeza, pero tomé todo lo que poseía, lo que llevaba, y me jugué por entero. Aposté hasta mi alma, confiada en que iba a ganar.

Pero no, volví desnuda y descalza, caminando en medio de la noche, con frío y sin comprender qué había ocurrido, ni como me había dejado llevar por la vorágine de ese juego.

Aposté el alma, la piel y mis sueños, para que se fuera todo de repente, así como si cayera a un profundo abismo sin final.  Sola, herida y confundida.

Aposté la vida y perdí todo,  sin haberme guardado nada para mi.  Sin haber tenido el egoísmo de dejarme algo en el bolsillo para resguardarme. Aposté, sin pensar en mi.

martes, 10 de julio de 2018

Precipicio.



Tal vez detrás de esa puerta habrá un nuevo precipicio. Otra vez una nebulosa que no nos permita ver si el próximo paso lo daremos sobre tierra firme o será un salto al vacío.

Tal vez no haya más que una pared que no conduzca a ningún lugar. O quizás nos lleve a ese lugar que tanto esperábamos.

Quizás todo sea cerrar los ojos y lanzarse a la nada, rezando porque está vez no haya golpes, ni se nos rompa el alma, que allá abajo alguien nos espere, con los brazos abiertos.

Quizás sea volver a arriesgarse. A jugarse con los ojos cerrados. A volar.

jueves, 5 de julio de 2018

Azul.


En este momento el amor se me hace que es de color azul, calmo, sensato, paciente. Como una ola de mar que acaricia la playa, sin golpearla, suavemente, mientras la luna besa la espuma que llega a la arena.

Se me hace la huella que una va dejando, mientras camina con los zapatos en la mano, meditando sobre la vida misma. Mirar al océano y regalarle una sonrisa de satisfacción.

Hemos pasado el tiempo de vivir bajo el rojo verdugo de un sol abrasador y ahora nuestra piel necesita un bálsamo, que la haga sentir la paz de estos años en los que observamos a nuestro alrededor con una calma misteriosa.

El azul esconde secretos profundos que de repente vamos descubriendo, porque la vida nos ha enseñado algunas cosas...poco a poco nos vamos poniendo algo más sabios, algo menos necios, quizás más humildes ante la cercanía de nuestro final y mucho menos soberbios que cuando pensábamos que podíamos comernos el mundo de un bocado.

Azul, eterno y abismal. Maduro y pensativo. Reflexivo y vital. Un amor equilibrado que no nos arrastra hacia ninguna parte, que nos acompaña, caminando descalzo por la arena, con los zapatos en la mano y la misma paz en la mirada.

domingo, 1 de julio de 2018

Duermo



Duermo. Tu dedo recorre mi espalda, desde el hombro hasta la cintura. Se detiene allí. Tu mano se abre y se posa en mi piel. Acaricia mi cintura hasta rodearme  por completo.

No duermo, pero finjo que si, para  que me despiertes o a que te acurruques a mi lado. Tu calor me invade y me tapas con la manta de tu cuerpo. Tu boca desliza un suave beso en mi hombro. Retiras un mechón de pelo que te impide llegar hasta mi cuello.

Ya no puedo disimular que duermo. Tus pies se mezclan con los míos, jugando a que son serpientes que se enredan en un paraíso de telas de algodón. Tu brazo me acerca a tu cuerpo, cuyo aroma actúa como una droga que me doblega, sin dejarme pensar en nada. Sólo sentirte como mi refugio, como mi paz, como lo que se siente cuando uno encuentra su lugar en el mundo.

Jugamos. Tu voz me susurra al pido palabras que ya conozco de antes, pero que parecen recién inventadas. Las escucho como si jamás me las hubieran dicho. Como si tuviera la inocencia que perdí en algún recodo del camino, como si me la hubieras devuelto en algún beso que sentí como si fuera el primer beso que me dieron.

Te miro.  Como si nunca te hubiera visto antes. Como si jamás hubiera mirado a alguien. Como si fuera la primera vez. Te miro como se mira a lo más maravilloso del mundo. Como a eso que el destino me marcó para que fuera mi principio y mi punto final. Te miro como si fuera la última vez que pudiera hacerlo.

Despierto. Y no estás. Y tú dedo no recorrió mi espalda y tu voz no me murmuró ninguna palabra al oído, ni tus ojos se quedaron colgados de los míos como tantas veces lo hicieron. Tu aroma no está en el aire y tu lugar de la cama está frío.

Enciendo la luz. Miro la hora. Son las doce de la noche de otro jueves que mi teléfono quedó en modo silencioso. Es otro jueves a la noche que titila la frase "llamada perdida" en mi celular, con un número que no tengo agendado. Otro jueves que borro el mensaje sin contestar.

domingo, 24 de junio de 2018

Desnuda.








Desnuda, frente al espejo, buscando en algún lugar los sueños que quedaron en el camino.

Desnuda, sin mirar atrás, sabiendo que todo puede ser, que nada es imposible, que algo puede ocurrir y seguramente sera un milagro.

Desnuda, mirando el vestido del tiempo que pasó, las huellas que marcaron mi vida hasta este lugar, los miedos que pesaron en cada paso hasta llegar aquí.

Desnuda, mi alma ante mí
más desnuda que nunca, reconociendo mis defectos en toda su plenitud, aceptando que mi imperfección es la mejor obra de mi vida.

Desnuda, sin miedos, sin rencor, sin nada que me ate a lo que ya fue, a lo que vendrá ni a lo que ignoro.

Desnuda, ante el mar, y ante Dios
Imágen tomada de la web
© Cristina Vañecek-Escritora Derechos Reservados 2018


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miércoles, 20 de junio de 2018

Tres canciones, tres hombres, tres amores.



Cada historia que vivimos tiene algo que la caracteriza y la hace única. Un perfume, un lugar, una canción. Los amores, muchas veces, nos dejan una huella que nos vuelve a recordar esos momentos cada vez que sentimos ese aroma,  estamos en ese lugar o escuchamos ese tema musical.

Conocí a Willy hace más de 25 años. Nos cruzábamos todo el tiempo en distintos negocios, por cuestiones de trabajo. Yo era muy estructurada y el divertido. Un día, no se por qué, le dijo a un cliente en común,mientras me pasaba una mano por el hombro, "ella va a ser mi esposa".

Me descolocó.  No supe como reaccionar. Lo miré sin decir nada, porque tenía que digerir esas palabras. Desde aquél día, siempre que nos veíamos (varias veces por día, varios días a la semana) hacia bromas similares. Poco a poco fui armando algunas respuestas, saliendo de mi timidez y aprendiendo a ver que más había en esas bromas.

Una mañana él iba en su camión, yo caminando. Por aquellos días estaba de moda una canción de José Luis "el Puma" Rodríguez, y Willy sacó medio cuerpo a través de la ventanilla y me cantó el estribillo, que bombardeaba las radios. Nunca pasó nada entre nosotros, tuvimos una charla en donde descubrí que eso que nos pasaba no podía ser. No para la que yo era entonces.

Sin embargo, cada vez que escucho esa canción, me descubro sonriendo por la ternura de aquel amor inconcluso.
https://youtu.be/Af-0_xgJlA4

El amor con Adolfo fue a la distancia. Poco a poco, palabra a palabra, hablando de mil temas distintos, fue creciendo algo que para mí era imposible. Un sentimiento que yo no podía explicar, pero que me alertaba de cada mensaje que aparecía en mi correo electrónico, en tiempos en los que no existían las notificaciones.

Adolfo fue descubrir la pasión, las ilusiones, las ganas de armar un proyecto de vida con otra persona, el deseo de tener mi propia familia por primera vez.  También fue sentir que alguien me acompañaba todo el tiempo, pese a estar a 400 kms de distancia...Y sentir esa distancia cada día calándome la piel.

Por aquella época el grupo Los Nocheros habían reflotado una vieja canción que mamá escuchaba todo el día cuando yo era muy pequeña, y que ahora cobraba un sentido en particular.  Escucharla era elevarme y querer ir a donde él estuviera, contándole que había hecho y escuchando como había sido su día.
https://youtu.be/bbIoJg06QiQ

Oscar fue el amor de la madurez. Ese que aparece en los últimos días de nuestro verano, acariciando con su calor nuestra mano y acompañando nuestro camino de una forma más pausada.

Nos encontramos en una fiesta y habría muchas canciones para elegir de esa noche. Sin embargo, la primera noche que pasamos juntos, tras charlar mucho tiempo, cuando él se durmió,  sólo hubo un tema que a mi me vino a la cabeza.

Verlo dormido, tan fragil, tan desnudo,no sólo de cuerpo sino de alma, tan indefenso y expuesto, me provocaba protegerlo de cualquier mal. Sentía la necesidad de abrazarlo, pero temía despertarlo, perturbar su paz, sintiendo su aroma, ahí, tan cerquita y tan lejos.

Y cada noche que compartimos  durante los dos años que compartimos, a pesar de muchas cosas que ocurrieron, al recordarlo vuelve a mi mente esa misma canción.
https://youtu.be/GouA_mJ5Y80

Los tres me enseñaron. Los tres fueron importantes en distinta forma. A los tres los amé con todo mi ser. Por los tres hice cosas que jamás imaginé y hubiera inventado un universo nuevo. A los tres sólo les deseé que fueran felices cuando partieron de mi vida. A los tres les deseo lo mejor. Con el corazón y el alma.

Imagen tomada de la web
© Cristina Vañecek-Escritora Derechos Reservados 2018

viernes, 8 de junio de 2018

Humana.



Soy humana, con todo lo que ello implica. Imperfecta, curiosa, con dudas, con miedos y con certezas. En pleno conocimiento de mi ignorancia en absolutamente todo, aprendiendo día a día de lo que veo, de lo que escucho, de las historias que me cuentan.

En esa humanidad asumo que cometo errores, muchos, todos los que pueda, porque de ellos adquirir conocimiento, me dejó llevar por la furia, por el desconsuelo y por el amor.

No mido  consecuencias, porque mi vida es un constante aprendizaje para ser mañana un poquito mejor que ayer. Lo poco que se, si puedo, intento ofrecerlo a quien lo necesite.

Pero fundamentalmente soy libre. Reniego de las ataduras, de los conflictos y aprendí tanto a reirme de mi misma que no permito que nadie más lo haga.  Cuando amo, defiendo con garras y dientes, me enfrento al mundo y soy capaz de desatar la peor tormenta con tal de cuidar a los míos del más leve rasguño.  Aunque me lleve la vida.

Me reconozco torpe e insensata, dispuesta a todo por lo que creo, pero con un pudo dispuesto a escuchar al de al lado.  Porque soy humana, no doy recetas de como vivir. Cada uno hace lo que puede con su vida. Cada cual toma el camino que mejor le parece.

Y por qué soy así, humana, no busco ganarme ningún otro lugar que el que ocupó aquí en la tierra. Viviendo este momento que es hoy.

martes, 5 de junio de 2018

¿A dónde va el amor?



Hoy el título de esa canción me hizo detener la mirada. Confieso que no recuerdo la letra, ni el intérprete, pero me llevó a hacerme esa pregunta.

Y el amor no se va a ninguna parte. Se hace un bollito en algún rincón del cuerpo, que duele cuando algo nos recuerda a la persona que estaba a nuestro lado.

Se convierte en un monstruo que te muerde las tripas cuando por la noche no tenes su abrazo, su voz, su aroma, y te obliga a doblarte de dolor.

Se convierte en una telaraña que te cubre, como si fueras un mueble, te tapa, con la intención de que nadie más vea tu tristeza, pero a la vez te expone, como un alma purgando su pena.

El amor no se va a ninguna parte. Se nos queda atrapado en la piel, haciéndonos mil preguntas sin respuestas, a las que buscamos una explicación imposible. 

Hasta que un día el amor se transforma. Su voz se acallar, ya no grita , comienza a canturrear suavemente. Ya no nos tapa, poco a poco nos descubre y volvemos a sentir sobre nuestra piel un nuevo sol.

El amor nunca se va, se nos queda bien adentro, porque es lo que nos alimenta cada día para seguir viviendo. El amor sólo se modifica, crece y evoluciona.

jueves, 24 de mayo de 2018

Antes de que me olvide. Décimo cuarta parte.



Cuando el tiempo pasa, cuando crecemos, cuando la vida, los consejos, la experiencia, las obligaciones, el propio cuerpo nos llenan la cabeza de cosas, palabras,números, sonidos y ruidos, podemos olvidarnos de nuestra esencia y de cosas que soñábamos cuando éramos chiquitos y teníamos todo tan claro.

Nos olvidamos cuál era nuestra pasión, nuestro anhelo, eso que tanto queríamos y hubiéramos dado todo por dedicarnos sólo a eso. En aquellos años, además de escribir, yo soñaba con el ballet.

Mis primeras memorias vienen de algún programa cultural que transmitían en alguno de los dos programas locales. Pasaban música clásica, grandes artistas, y obras de teatro extranjero, filmadas para televisión. Así conocí a Richard Clayderman y así conocí el ballet.

Vi El Cascanueces, El Lago de los Cisnes, Arlequín y otras más, en un televisor blanco y negro, supongo que a los tres o cuatro años, escondida detrás de la pared de una chimenea, medio tapada la pantalla por el cuerpo de mi padre, que nos mandaba a dormir, porque en esa época el horario de protección al menor de respetaba a rajatabla y nosotros no podíamos ver tele.

Recuerdo que me metía en la cama y apenas escuchaba los comentarios del presentador, me llevaba mi almohada, me instalaba en ese rincón sigilosamente y miraba las volteretas, los pasos, los vuelos, el arte con que las manos de las bailarinas simulaban mariposas por el aire, los trajes, la música. Absorbía todo lo que podía, hasta el momento exacto en que era descubierta por alguno de los dos (papá o mamá) que decidían levantarse para ir al baño o tomar algo de la cocina y el porche en donde me resguardaba era paso obligado.

Por la mañana siguiente, mi rutina era simular alguno de los pasos que había visto y dar vueltas por toda la casa. Ante la insistencia, mamá me llevó a un instituto de danzas y mientras hablaba con la directora yo miraba extasiada a las niñas con sus mallas azules, sus medias blancas, su zapatillas de baile y sus rodetes encerrados en una redecilla blanca, haciendo pasos apoyadas en una barra frente a un gran espejo (y quizás venga de ahí mi fascinación por los espejos grandes!).

La directora del lugar dijo algo sobre mi edad, sobre deformar mis huesos (en esa época, yo era más parecida a Olivia, la novia de Popeye, no se por qué la naturaleza fue tan cruel después!). Lo único que sé es que la respuestas a mi inscripción a ese lugar había sido un no. Y mamá llevándome del brazo y yo sintiéndome Eva expulsada del paraíso  sin haber siquiera mordido la manzana...

Lloré.  Lloré todas las cuadras que nos separaban de la parada del colectivo.  Lloré mucho. Y ruidosamente.  Pero no era el llanto caprichoso típico de berrinche infantil. Era un llanto profundo, como si me hubieran arrancado las entrañas y dejado en carne viva.

Pasamos con mamá por una zapatillería que aún existe, en calle La Rioja casi Catamarca. Entramos y mamá preguntó si tenían zapatillas de baile. Y me compró mis primeras Kelitas, blancas, transformando mis lágrimas en una enorme sonrisa y la sensación de que el paraíso volvía a abrirme sus puertas. Ahora, con las zapatillas, tenía alas en los pies y podía volar como las chicas que  veía en la tele o las niñas del Instituto. ¿Quién necesitaba de un instituto si tenía alas en los pies?

Llegar a casa, incrustarme las Kelitas y tomar la barra de la cama-cuna para imitar los pasos que le había visto hacer a las nenas de malla azul y medias blancas fue una sola cosa. Que repetía y repetía hasta cansarme.

Los años pasaron naufragué por otros ritmos, dejé por diversas razones, pero el ballet siempre estuvo ahí. Y los ruidos, las palabras, el bullicio, los números, las obligaciones, los problemas, desaparecían cada vez que veía a alguien bailar.

Con el tiempo, que nos hace crecer a todos, me hizo ampliar mi abanico de opciones y la sensación de volar fue creciendo con malambos, con tango, con cualquier arte que incluyera un par de pies haciendo juegos con la gravedad y demostrando que todo baile te invita a volar. Y me abstraigo de la manera más absoluta cuando firuletean unos zapatos, botas o zapatillas, haciendo verdadera magia.

Y como bailarina no pude ser...aquí me tienen escribiendo!!!

martes, 22 de mayo de 2018

Antes de que me olvide. Décimo tercera parte.



Hace mucho que no escribo esta especie de memorias, iniciadas por un vago temor a despertar una mañana sin recordar mi historia, mi vida, o esas pequeñas cosas que fueron armando mi carácter. Quizás un poco el miedo al envejecimiento, esa etapa en donde, a veces por una cuestión genetica, algo nos hace ir perdiendo en una nube y no reconocer ni a nuestros seres más queridos.

Quienes han leído las partes anteriores, más o menos saben que este recorrido no tiene un orden cronológico, no una secuencia lógica, ni nada más que "algo" que despierta en mi la necesidad de contarlo y expresarlo por escrito, tal vez con la secreta fantasía de reencontrarme en estas palabras si alguna vez ese temor se llegara a hacer realidad.

Y hoy le toca salir a la luz mi fascinación por los juegos de porcelana. Quizás porque mamá quiso usar ese juego azul, comprado hace tantos años, cuando yo era apenas una niñita que no llegaba con su altura a mirar las mesas en donde esas maravillas se exhibían.  Quienes habitan está ciudad, y tienen algunos años como yo, recordarán aquél famoso bazar conocido como "El emporio de la Loza", ubicado en la esquina de Luro y Salta, en exacta diagonal con el antiguo autoservicio La Estrella Argentina, que luego fue un local alquilado por la cadena marplatense de supermercados y ahora se dividió en locales, un paseo y la sucursal de una casa de artículos de electrónica. (Confieso que me siento un poco Enrique, el antiguo, el personaje que hiciera Guillermo Francella, cada vez que rememoro los comercios que estuvieron tan de moda y hoy son sólo un recuerdo en la memoria de algunos).

Entrar allí era similar a ingresar al paraíso. Si, también me pasa con las librerías y con los chulengos de la ruta, pero eso va a formar parte de otro anecdotario. Estar dentro, com tantas cosas finas y delicadas era como formar parte de un cuento de hadas o acceder a tener algo que nos distinguiera del resto.

En ese entonces éramos muchos de familia. A casa venían tíos, primos, compañeros o socios de trabajo de mi padre, y los domingos era un batifondo de gente dando vueltas para el asado, la picada, las empanadas, el postre y la sobremesa.  Mamá se volvía loca cocinando y atendiendo, mientras todos comían y tomaban sin preguntar si hacia falta ayuda. En consecuencia, necesitábamos muchos cubiertos y, sobre todo, platos, tazas, fuentes.

Fue así que mamá adquirió en esa maravillosa casa que hoy ya no existe, un juego para 12 personas de porcelana inglesa azul. Uno clásico, que he visto en las fotos de otras personas, pero que no deja de ser "nuestro juego". En aquella época tenía platos playos, platos hondos, pocillos para café, tazas para té, con sus respectivos platitos, una fuente ovalada, un platón grande, azucarera, cremera, tetera, salsera y alguna otra cosa que no recuerdo.  Cada uno de esos elementos era sumamente cuidado por mi madre como si fueran un tesoro y sólo se utilizaban los días festivos, cumpleaños y en alguna reunión importante, para luego ser cuidadosamente guardados en un aparador distinto de donde se guardaban los utensilios de uso diario.

Quizás porque mamá recalcaba siempre el cuidado que debíamos tener con "el juego", casi tratado como si fueran reliquias de incalculable valor, es que me quede siempre con la idea de tener un juego propio. Pero, a diferencia de mi madre, me enamoré a primera vista en aquellos tiernos años de un modelo que ostentaba un delicado color rosa en su decoración.

Es el día de hoy que, al pasar por una tienda especializada en esos productos, me detengo, entro y paso un buen rato buscando aquél juego soñado por mi durante todos estos años y que no he vuelto a ver.

Quizás nunca lo llegue a tener, o quizás sea el momento de aceptar que "mi juego" es este histórico azul, que me acompaña hace más de 40 años y cuyas piezas, con faltantes debido a alguna torpeza, y que siempre acompañaron los momentos más importantes de mi vida.

martes, 8 de mayo de 2018

De repente

"De repente ya no sentir nada. Sólo un enorme vacío en donde alguna vez existió el amor. Darse cuenta, de repente, que ya no se recuerda su aroma, ni su voz, ni la forma en que miraban sus ojos.

De repente no tener de donde agarrarse, porque ese escalofrío que nos corría por la espalda ya no existe. Porque la adrenalina de un encuentro fortuito se desvaneció en el infinito.

De repente saber que no queda nada, que se vació el dolor,  que ya no se siente la inmensa tristeza de su adiós,ni las ganas de verlo llegar pidiendo perdón.

De repente sentir que el corazón enmudeció ante su nombre, que verlo no te sacude como un terremoto cada fibra de tu ser. Preguntarte a donde se fue todo eso que alguna vez sentiste.

Y no saber si te quedaste seca, muerta, inmune a cualquier sentimiento o si simplemente es la vida misma que se abre camino para volver a empezar."

sábado, 3 de febrero de 2018

Inmortal.



Había logrado detener el tiempo.  Ó, quizás,  hacer que su paso se notara menos que en los otros. Su propio ritmo era distinto, más lento, parsimonioso.

Quizás ese era su secreto. Hacer todo más despacio, sin prisas. Al lado de personas de su edad, parecía más joven, apenas pocas canas se advertían en su cabello, que jamás había teñido.

Le preguntaban cómo hacía. Y no sabía qué responder porque no realizaba ninguna cosa en particular. Siempre respondía que tal vez fuera genético.

El mundo volaba a su alrededor, mientras permanecía allí, inmóvil, observando como todo ocurría a una velocidad asombrosa. Sin embargo, algo le impedía subirse a esa loca carrera en la que todos estaban inmersos.

Su vida parecía estancada, caminando por una delgada línea que separaba de la vida y la muerte. Mientras se mantuviera allí, su vida estaría segura, protegida. Si se corría, podría caer del lado de la muerte.

A veces hubiera querido subirse a uno de esos trenes veloces que pasaban a su lado, sin siquiera rozar su cuerpo. Ser alguien normal, vivir y morir a la misma velocidad que el resto.

No le gustaba ver como moría gente a su alrededor. Por cada nacimiento, moría alguien en compensación. Por cada vida,  una muerte, por cada respiración nueva, una exhalación final.

Pero eso no le ocurría. Era simplemente testigo de los milagros del mundo, podía quedarse horas observando como alguien se convertía en un adulto. Lo que para otros eran años, lo vivía como si fuesen pocos segundos.

No sabía por qué,  pero su inmortalidad era el castigo por haber vivido de una manera diferente.

martes, 12 de diciembre de 2017

Sorpresa.



Humberto bajo del ómnibus aún sin saber muy bien qué estaba haciendo. Había seguido un impulso, un deseo, una idea loca que lo hizo saltar como un resorte y salir hasta la terminal, comprar el boleto y subirse al micro sin analizar mucho los pro y los contra. Sabía que, si se ponía a pensar, nunca volvería a tener el coraje de conocerla.


Lila había llegado a su vida de una forma impensada. Ya había olvidado cuánto hacía que su ultima relación sentimental terminó y se había conformado con ser el "tío Huber" de los hijos de su hermano y de los niños de los pocos amigos íntimos que tenía. Podía realizar su trabajo desde su casa, sin necesidad de salir a la calle, y había descubierto que el delivery resolvía todos sus problemas. Un llamado telefónico y alguien se encargaba de sus impuestos, de llevar la ropa al lavadero, de traerle comida. Se había resignado a su claustrofobia y no le temía a la soledad.


Lila apareció de repente, respondiendo sus comentarios en las redes sociales de un amigo común.  Su sonrisa, la de la foto de  perfil, lo había hipnotizado. De pronto se vio contestando un mensaje privado, sorprendido por la frescura de ella,  que parecía siempre reír.  Y sin darse cuenta, pronto fueron amigos también, contándose mutuamente sus miedos, sus dudas, sus sueños.


Caminó hacia un pequeño puesto de flores que había en la terminal de esa ciudad que apenas conocía y compró el ramo más bonito y colorido que encontró.  Lila era así, bonita,  joven, una inspiración que llegaba cuando el creía que el amor era sólo una palabra más en los libros de poemas.


Buscó en su bolsillo un papel, se orientó con el GPS de su teléfono celular, y decidió caminar hasta allí, un poco para relajar sus nervios, otro poco para estirarse de tantas horas sentado en el colectivo y otro tanto para pensar muy bien qué le iba a decir.


Mientras caminaba, Humberto imaginaba el aroma de Lila, el brillo de su piel, el sonido de su risa. ¡Tantos meses escribiéndose y viéndose sólo por fotos, sin escucharse la voz, sólo leyéndose e imaginando ambos cómo sería ese momento en que sus ojos se cruzaran por primera vez!


El GPS indicaba que le faltaban pocas cuadras para llegar a su destino y él sentía que las rodillas le temblaban. ¿Qué estaba haciendo? ¿Y si ella no estaba en su casa? Humberto le había dicho que estaría desconectado porque debía realizar un viaje urgente, sin darle muchas explicaciones y Lila no sabía que él muy pronto estaría golpeando a su puerta.  Quería darle una sorpresa y no romper el hechizo que los unía.


Imaginaba a Lila alta, esbelta, con su cabello rubio oscuro flotando a su alrededor por culpa de la brisa, con su boca sonriente, e imaginaba que su voz era la más dulce de todas. No importaba la diferencia de edad, Lila lo amaba, y valoraba la timidez que él le demostraba, el tacto casi de cirujano con el que iba llevando los distintos temas de conversación,  su exquisita delicadeza para contarle sus deseos secretos y con los que quizás otra mujer habría estallado de risa. Eran dos almas gemelas, nacidas en tiempos diferentes. Pero estaba decidido a enfrentar a todos los que cuestionaran que Lila era muy joven para estar con un hombre como él, que casi podría ser su padre.


Se detuvo frente a un patio pequeño, que tenía un coqueto portoncito blanco, con un pasillo de mosaicos grises rodeado por dos parquecitos muy cuidados, que tenían unos arbustos de rosas. Tenía las manos transpiradas de los nervios, pero traspasó ese portoncito, caminó los pasos que lo separaban de la puerta marrón y golpeó varias veces.


Cuando se abrió el único escollo que los separaba, la vio. No podía ser más hermosa, su luz era mayor a la que él imaginaba, su sonrisa lo dejó mudo y estuvo a punto de desmayarse al verla ahí parada, tal cual la había imaginado. Tuvo que hacer un esfuerzo enorme para poder mantenerse de pie.


-¿Qué desea?- preguntó ella con su maravillosa voz, tantas veces imaginada.


Se sintió un poco confundido,  Lila le hablaba como si no lo conociera.


-Señor, ¿a quién busca?


Apenas pudo murmurar:


-Lila...


-Ah, espere- ella giró hacia un corredor y exclamó- Abuela, en la puerta hay un hombre que quiere verte!

Imágen tomada de la web

© Cristina Vañecek-Escritora Derechos Reservados 2017

jueves, 30 de noviembre de 2017

A veces.




A veces me invade una profunda tristeza, la sensación de estar sola en medio de tanta gente, tanto ruido. Como si todo fuera a una velocidad en la que yo no encuentro la sintonía y me siento inarmónica con el resto.

A veces me pregunto en donde puedo encontrar todos los defectos que te amé, cada lunar que te interrumpía, aquélla cicatriz que besé tantas veces.

A veces me pregunto si soy yo, que cada vez que te olvido, tu recuerdo se me presenta sin que lo convoque, sin que nadie lo llame, con la justa oportunidad para descubrir qué es lo que no quiero.

A veces mi memoria me juega malas pasadas, y pienso que te olvido y tu olvido desaparece, se transforma, muere como cada día por la noche y revive con cada amanecer.

A veces, como el sol y la luna, siento que estamos jugando a escondernos, a alejarnos, a separanos hasta donde el universo ponga la distancia más infinita y es ahí en donde volvemos a encontrarnos, a mirarnos a los ojos, a saber que sabemos, pero nos mentimos descaradamente nuestra indiferencia.

A veces, el aire me trae el rastro de tu fragancia, de no se dónde, y como un fantasma percibo tu energía, pero a veces, recuerdo que te fuiste, que cortamos el lazo que nos unía y que estás del otro lado de un abismo que ninguno va a cruzar jamás.

martes, 28 de noviembre de 2017

Antes de que me olvide, décimo segunda parte.



Las mujeres solteras que vivimos con nuestras madres tenemos la mala fama de no saber realizar tareas domésticas. La fantasía suele ser que mientras ellas se desviven por cumplir con todos los quehaceres, nosotras nos quedamos sentaditas en una especie de nube cósmica para que no se nos estropee el esmalte de uñas ni se nos arrugue la ropa, mientras vemos la vida pasar.


Y no, las mujeres solteras debemos aprender a hacer todo lo que cualquier ser humano necesita para subsistir y aprender a hacerlo sabiendo que, a futuro, probablemente no contemos con la ayuda de nadie para mantener nuestras casas y a nosotras mismas.

Pero confieso que sí, que tengo mi debilidad, el punto débil, la actividad que prefiero antes que otras, si puedo elegir realizarla, y es cocinar. De pequeña veía a mi madre,  con su metro cincuenta y cinco, multiplicarse y expandirse en ese universo de aromas y elementos mágicos con los que luego nos deleitaría en la comida.

Debo advertir que para mi madre la cocina es algo así como “su reino”, el espacio en donde no quiere ser invadida y, si bien fue enseñándome las distintas preparaciones, siempre fue muy celosa de ese territorio. Pero, poco a poco, fue cediéndome la posta, al  ver que yo estaba más o menos encaminada en lo que quería preparar.


Por cuestiones de salud familiares, tuve que aprender a cocinar sin utilizar sal y, por consiguiente, encontrarle “sabor” a la comida. Y el mundo se me abrió en los aromas de las especias y las hierbas, muchas de ellas existentes en mi propio jardín. Sin ir más lejos, siempre digo que mi cocina perfecta debería tener un espacio importante para una gran estantería llena de frasquitos con todos los condimentos existentes, para poder hacer mi propia “magia”.


Mi problema es que casi no sigo recetas. Abro los estantes y la heladera y busco qué usar y como combinarlos. Mezclo sabores y mi mejor ingrediente es alejarme del mundo escuchando música mientras cocino. Bailotear mientras deambulo entre la mesada y la alacena, al compás de alguna melodía y al ritmo de la cebolla que se va saltando.


Alguna vez leí lo que siempre supe, cocinar es nutrir al otro, alimentarlo, es la mejor forma de dar amor y, reconozco, los días en que usurpo ese territorio materno es porque necesito imperiosamente decirles a los míos que los quiero de una forma diferente.


Cocinar es como una manera de escaparme del mundo, de olvidarme de la tele, las redes, el ruido, los problemas, el mundo y cualquier cosa que exista “allá afuera”. Mi estilo es diferente, porque mientras ella pareciera ser un pulpo con mil brazos y realizar todo al mismo tiempo, yo preparo los ingredientes, los corto, los acomodo en platitos y fuentes, para luego cocinar tranquila y relajada, sin otra preocupación que ver como se amalgaman los distintos elementos para una comida diferente.



En lo personal, cocinar es dar amor, es el acto más íntimo y supremo que podemos realizar para  expresarle al otro que lo cuidamos, que lo nutrimos y, además, una de las formas más sublimes de placer.

lunes, 9 de octubre de 2017

Dolor.


Hoy puedo confesar que me dolió. Que quise romper todo, desatar mi furia, volverme loca, gritar con todas las fuerzas de mi alma. Hoy puedo decir que pensé en todas las posibles venganzas, para que puedas sentir sólo un poco de todo ese dolor que yo sentí.

Que todos veían un cubo de hielo, incluso vos mismo, pero por dentro me quemaban las tripas, el corazón, el infierno mismo desatado por todo mi ser, esperando encontrar una salida y cobrarse una a una cada lágrima.

Hoy puedo asumir que sentí que me moría con cada respiración en la que no sentía tu aroma, con cada paso que se alejaban de mi tus caricias, con cada segundo que me perdía de perderme en tu mirada.

Hoy lo puedo decir, que te odié con la misma intensidad con la que te amé, que de tanto amarte me convertí en un monstruo, lleno de furia alimentada por tu ausencia.

Pocos supieron que por dentro me moría, como si me clavaran mil puñaladas con cada respiración, como si el deseo me hubiera congelado las articulaciones. Me dolía abrir los ojos y no verte, me mataba despertar y no escucharte, moría por extender la mano y no poder tocarte.

Pero hoy puedo decirlo. Dominé a las fieras que me empujaban a dañarte, calmé a los demonios que me susurraban en el oído que tenía las herramientas para hundirte en el abismo más profundo, acallé al monstruo que buscaba hacerte sentir, uno a uno, mis dolores. Les gané, te gané, me gané.

Fue un trabajo cada mañana despertar y salir de las sombras en las que yo misma me había escondido, fue lamer mis heridas, fue sacarles la infección que me enfermaba el alma. Fue mirarme a los ojos y darme cuenta de que había perdido a la mujer que había sido y a la que había reemplazado ese monstruo triste y amargado.

Y quise salir, necesité respirar aire puro, porque me rodeaba un olor putrefacto a tu olvido, y quise que el sol me iluminara y que la tierra me devolviera a mí misma, a la que construí de a poco, con esfuerzo, a la que convencí, allá lejos y hace tiempo, que merece ser feliz.
Hoy, que no me importa nada, te lo puedo decir.

jueves, 5 de octubre de 2017

Ellos se miran.

Ellos se miran. Nunca se han dado un beso, apenas un roce entre sus dedos, discretamente, para que nadie adivine el fuego que los quema por dentro.

Ellos se miran y el universo se detiene solo para brindarles unos instantes de intimidad. Para que puedan vibrar en una especie de burbuja única, en donde no los lastime nada ni nadie.

Ellos se miran. El día termina y el paréntesis que pudieron abrir para compartirse comienza a cerrarse, deben volver a su realidad. ¡Y se sienten tan libres y plenos! ¿Por qué tuvieron que conocerse en esas circunstancias? ¿Por qué tuvieron que tomar esas decisiones tan dolorosas que tambien fueron por amor?

Ellos se miran. Y de repente se abrazan, como si quisieran fundirse en un solo ser, como si no quisieran abandonar ese pequeño paraíso en donde nadie los juzga, nadie murmura, en el que no tienen que cuidarse de lo que digan, porque nadie los conoce.

Ellos se miran y querrían poder escapar, fugarse a esa isla de paz en la que no tienen que dar explicaciones, ni pedir permisos para reír, para amar, para correr, para cantar.

Ellos se miran. Y en sus ojos pueden verse todas las palabras que no pueden decirse. Y en sus miradas pueden leerse todos los sentimientos que no se atreven a confesarse. Y cuando alejan sus dedos para dejar de rozarse, se rompe el conjuro y vuelven a ser dos personas que tienen que ignorarse, que deben evitarse y que jamás podrán amarse libremente.

Ellos se miran sin saber si habrá otra oportunidad de huir, de quitarse las armaduras, de sonreír y pensar que quizás si tengan una oportunidad, que quizás el destino les hizo una broma para comprobar si realmente estaban dispuestos a sacrificarse, que quizás el amor, más allá de todo, siempre es más fuerte.