miércoles, 19 de febrero de 2020

Adiós.



Ya está. Terminó la fiesta y las luces se apagaron. Ya no somos esos que se deslumbraron al ritmo de una música embriagadora. Volvimos a ser estos dos seres descarnados, normales, sin las plumas del pavo real que nos adornaban.

Ya acabó. Todos se fueron y solo quedamos nosotros, vacíos, sin rumbo, preguntándonos con la mirada qué hacemos ahora con esas promesas que ninguno estaba dispuesto a cumplir. Qué hacemos con las palabras que usamos sólo para poder tener unos minutos de  algo parecido al amor.

Ya fue. Nunca fuimos ni seremos uno para el otro. Tu camino y el mío jamás coincidirán más que en este cruce inesperado. Vos seguirás tu sendero, sin mirar atrás, sin acordarte de mí, olvidándome en otros cuerpos. Yo deberé recorrer mi ruta, levantándome una vez más, cuando ya nada duela, cuando seas una sombra en mis recuerdos, cuando cuente nuestra historia y no logre decir tu nombre.

Ya no más. Ya basta para mí. Basta de la mentira en donde todo parecía color de rosa, hasta que tus manos se volvieron frías y tu sonrisa un gesto parco. Yo quiero al otro, a ese cuya carcajada me hizo estremecer, al que me hizo sentir como una corriente recorriendo mi cuerpo, al que me dio el beso más dulce del mundo, al que me abrazo y me hizo sentir que su pecho era mi lugar en el mundo.

A este despojo sin sentimientos que  queda luego de la fiesta, al que se sienta en una silla sin mirar a su alrededor, al que no le importa qué necesito hasta que me necesite, al que me hace sentir invisible, sola, no lo puedo aceptar.

Por eso, me quito los zapatos, tomo mis cosas y me marcho. Me llevo los fantasmas que fuimos en mi bolso, te dejo los besos que jamás volveré a dar y cierro la puerta tras de mí, para nunca más volverte a ver.

Imagen tomada de la web.
© Cristina Vañecek-Derechos Reservados 2020

domingo, 15 de diciembre de 2019

Ruinas.






Una se imagina que una casa siempre es un hogar. Un refugio para aislarnos del mundo. Un espacio en donde podemos sentirnos auténticos, en paz. En el que construir nuestra vida, nuestro futuro. El lugar en donde crecerán nuestros hijos, en donde cumpliremos etapas, hasta cerrar los ojos por última vez.

Cuando veo una casa abandonada, me pregunto qué le faltó para convertirse en un hogar. Que hizo que quedara inconclusa su finalidad de proteger, de crear, de abrigar a quien la construyó. Que desilusión dejó esas paredes a medio levantar.

Me imagino a las personas que podrían haberla habitado. Sonrientes, felices, llenos de ilusiones y proyectos. Hasta que algo los paralizó. Los dejó en medio de la nada, vacíos, frustrados y tristes.

Los imaginas desolados, olvidando esa construcción, sin querer mirar como el musgo se apodera de sus paredes, como alguien destroza un vidrio, otro se lleva los marcos de las puertas, alguien busca refugio de una noche.

La casa pasa a ser un sitio inhóspito, triste, lúgubre. Quienes pasan por su vereda la miran con desconfianza, caminan rápido por temor a que algún delincuente se esconda en alguna de esas habitaciones vacías, murmuran pensando en esos dueños inconscientes que no tapian, no limpian, no cortan el pasto.

Me pregunto qué le faltó a la casa para que la abandonen, la olviden y la ignoren. Y me pregunto si a sus dueños no les faltó amor para hacerla un hogar.

Imagen propia

© Cristina Vañecek-Derechos Reservados 2019

martes, 3 de diciembre de 2019

Eva en su paraíso.



No le importó la serpiente, ni Adán, ni el castigo divino. Nada podría hacerla perder el paraíso que había creado en su mente.

Cada mañana se levantaba de la cueva improvisada, salía al sol y sonreía pensando en las mariposas que ya no estaban, en las flores que ya no crecían y en las aves que ya no cantaban.

Le molestaba el rostro de Adán, cansado y hambriento, culpándola por haber sido expulsados del Paraíso. No veía el rencor en sus ojos cada vez que no conseguía comida, ni la tristeza ante el frío intenso, ni la desesperación que él sentía cada vez que las tormentas amenazaban con inundar ese hogar improvisado.

Eva seguía en su mundo, riendo como si los leones fueran gatitos, bailando como si los cocodrilos fueran mansos, recostándose en medio de las piedras como si estuvieran cubiertas de musgo.

Parecía que nada la afectaba, sin embargo, en soledad, Eva maldecía su suerte. Cada vez que Adán de iba, golpeaba sus puños contra las paredes, reclamándole a  Dios por su infortunio. Si no quería que probara la manzana, ¿Para qué había puesto un árbol en medio del Edén? ¿Para que había creado a la serpiente, sabiendo que iba a rentarla? ¿No se daba cuenta Dios de que él era el culpable de todo, pero se vengaba en ella para no reconocerlo?

Adán ignoraba lo que pasaba por la mente de su mujer. Sólo quería comer y dormir, reposar un poco del terror que le provocaba ir sin saber a dónde por algo de comida. Nadie comprendía el pánico que le generaba no tener idea de qué debería enfrentar para alimentar a su familia.

Eva seguía en su mundo, en su paraíso imaginario, escondiendo sus emociones, su dolor, su rabia. Sonriendo mecánicamente a todos, como si hubiera ensayado mil veces un personaje. Pero, en el fondo de sus ojos, de vez en cuando, un brillo asomaba, como si estuviese a punto de explotar.

 Adán necesitaba saber qué pasaba por el alma de Eva, quería ayudarla, llorar juntos lo que perdieron y darse valor mutuamente para enfrentar ese mundo nuevo. Necesitaba a Eva para poder derrumbarse, sentirse consolado, frágil e inocente. 

Sin embargo, ella, como por arte de magia, se tragaba eso que le dolía tanto, lo que jamás demostraría a nadie,  sonreía y salía al sol, dándole la espalda a Adán. Ella no iba a permitir que nadie la sacara de su paraíso, ese lugar en donde no existía el mal, en el que solamente ella reinaba.

Imagen tomada de la web.

© Cristina Vañecek-Derechos Reservados 2019

domingo, 24 de noviembre de 2019

Valiente.



Hay días en que nos sentimos solos. En los que pensamos que ya nada podemos hacer. Días en los que nos rodea la oscuridad.

Nos acurrucamos en un rincón, nos tapamos los oídos y cerramos los ojos, nos hacemos un bollito, apretando las piernas contra el pecho y repetimos bajito alguna canción, para espantar a los monstruos que nos rodean. O para convocar a quien nos rescate y nos guíe para salir de donde estamos atascados.

No vemos el camino. Tenemos la mente obnubilada por el miedo, las dudas y la incertidumbre. No sabemos que podemos hacer, no distinguimos nada a nuestro alrededor que nos señale un camino, una ruta, algo que nos indique hacia donde ir. No sabemos si enfrente hay tierra o un precipicio. Por eso elegimos quedarnos quietos, esperando no sabemos qué.

Hasta que un día nos damos cuenta de que la única forma de sobrevivir es moverse, salir de esa esquina en donde nuestro destino es morir lentamente.

Ciegos, tanteando a nuestro alrededor, temerosos, comenzamos a movernos. Nos duele cada uno de nuestros músculos, pero en el fondo de nuestras almas tenemos la certera convicción de la necesidad de vivir, de volver a la luz, de caminar aunque cada paso nos haga caer, porque la quietud nos quitó fuerzas.

Y comenzamos a buscar desesperados el camino, sin guías, sin manos, sin ninguna de las ayudas que esperamos infructuosamente. Solos. Nos duele cada vez que trastabillamos, pero continuamos, obsecados, la búsqueda de la salida de ese pozo en el que caímos sin saber cómo.

Probamos caminos, retrocedemos, probamos otras rutas, caminamos hasta tomar confianza, hasta descubrir que solo nosotros somos los héroes capaces de encontrar la luz. Que nadie más nos puede ayudar. Y ya no nos importa lastimarnos, ni tener herramientas para escalar las paredes que nos rodean, porque desarrollamos una paciencia a prueba de balas, una fuerza insospechada que nos hace perseverar hasta llegar a la superficie, hasta oler el aire fresco y sentir el calor del sol en nuestra piel.

Llegamos, no fue fácil, nos volvimos más fuertes, más sabios. Nadie es más valiente que nosotros mismos, enfrentando nuestros miedos.

Imagen tomada de la web.

© Cristina Vañecek-Derechos Reservados 2019

miércoles, 30 de octubre de 2019

El extraño.

"De repente alguien pasó. Detrás del vidrio, su mirada se cruzó con la mía. Una duda surgió en mí mente ¿era él?.

No lo supe. Caminó hacia otra parte, y nada en mí vibró como cuando lo sabía cerca. Ningua fibra de mí ser lo intuyó, como cuando su mano rozaba mi cintura de sorpresa. Como cuando la brisa traía su perfume y me avisaba de su cercanía.

Había un parecido entre el caminante y él. Importante, casi como si fuera un gemelo. Pero la distancia que da el tiempo nos deja huellas que se van borrando. ¿Era tan oscura su barba? ¿Eran esos sus lentes? ¿Eran sus ojos los mismos que no me despertaron ni la más mínima inquietud?

¿Lo crucé y no pude reconocerlo? ¿Esta nada queda del fuego que hubo entre nosotros? ¿De verdad nos convertimos en dos desconocidos, luego de habernos amado tanto? ¿Nos amamos tanto?

El extraño que me llamaba la atención desapareció de mi vista y seguí con lo mío, como si esa fracción de segundos en que su recuerdo volvió a mí mente nunca hubieran ocurrido

Imagen tomada de la web

©Cristina Vañecek-Derechos Reservados 2019

viernes, 25 de octubre de 2019

No tan desencuentro.



Él.

Entró presuroso en el bar. Con un gesto de la mano, le pidió al mozo un café. Mientras esperaba, encendió un cigarrillo.

Sonreía pensando en verla entrar, apurada, nerviosa, con esa inquietud que siempre lo excitaba porque ella odiaba llegar tarde. Lo encendía saber que ella no quería hacerlo esperar, que en el fondo tenía cierto temor a que él no fuera. Se confesaba a sí mismo que, de vez en cuando, la dejaba plantada un poco adrede, para que ella estuviera más pendiente de él. Era un juego en el que se sabía ganador.

Bebió el café sin esperarla. Raro en ella, tenía unos minutos de retraso. Sacó otro cigarro de la caja, buscó el encendedor y tocó su celular en el bolsillo. Miró y no había ninguna llamada perdida, ningún mensaje explicando el motivo de la demora.

Comenzaba a ponerse nervioso. Ya hacía media hora que estaba sentado en ese bar. Ya se había pedido un segundo café y había prendido su tercer cigarrillo. Ella no llegaba. Decidió llamarla. Del otro lado de la línea le respondió una voz metálica que le informaba que el teléfono se encontraba apagado o fuera del área de cobertura.

Le envío un mensaje, pidió la cuenta y se fue hacia su casa. Al abrir la puerta, la mirada sorprendida de su mujer se dirigió al ramo de rosas que había comprado para aquélla que no llegó. Se lo dio con un beso distraído, mientras su esposa buscaba un jarrón, las ponía en una mesa, les sacaba una foto y la subía a sus redes con una frase que destacaba el inmenso amor que los unía. El encendió otro cigarrillo, buscó un vaso, se sirvió un whisky y se sentó en el sofá a  mirar un partido de fútbol, sin dejar de mirar cada tanto la pantalla del teléfono.

Ella.

Miraba la caída del sol desde una terraza. Respiraba profundo y despedía lentamente el aire por la boca, en un suave soplido, para evitar estallar en llanto. La luz poco a poco iba tornándose rosada, lila, violeta, con destellos dorados, mientras una brisa le revoloteaba el cabello. Una taza de té humeante se enfriaba mientras ella navegaba por las nubes de ese atardecer definitorio.

No sabía de dónde había sacado las fuerzas para huir de aquel sueño que, día a día, si iba convirtiendo en pesadilla. No tenía idea de cómo había logrado convencerse de irse lejos, de apagar todo. Aún no creía que había podido bloquear su número. Un zumbido le advirtió que un mensaje había llegado. Su compañía telefónica le avisaba que un número bloqueado había estado llamando.

Tuvo la tentación de salir corriendo. De decirle que la espere, que aún estaba a tiempo de llegar. De pedirle perdón por haber querido escapar de él, del embrujo que la dominaba, de la embriaguez que sentía al oir su voz, de intentar salir de esa droga que eran sus abrazos, su mirada y el olor de su piel.

Le temblaba la mano. Tomó el teléfono y para no caer en la tentación nuevamente, decidió apagarlo. Tomó el té, suave y delicado, mientras una lágrima rodaba en su mejilla. Sabía que no había vuelta atrás. Se levantó, tomó una valija que había en el piso, caminó hacia la salida de ese pequeño café y subió a un ómnibus que la llevaría lejos de todo riesgo, a un lugar nuevo para comenzar a vivir sin el temor de cruzarlo en algún lugar.

Imagen tomada de la web
©Cristina Vañecek-Derechos Reservados 2019

miércoles, 23 de octubre de 2019

Te dicen...



Te dicen "así no vas a enganchar a nadie". Te dicen "tenés demasiadas pretensiones". Te dicen "con esa forma de ser, los tipos salen corriendo, tenés que hacer que no sabes tanto, a ellos no les gusta"...

Te dicen...y te hablan como si la vida de cada persona tuviera que regirse por un patrón específico, una orden a la que hay que obedecer: ponerse de novios, casarse, hacer fiesta,  tener hijos, bancarse con una sonrisa situaciones que en otras circunstancias jamás se habrían pasado por alto.

Te dicen que para cumplir con esa norma no tenés que ser vos, que no muestres tu carácter,  que finjas que sos otra persona, así "enganchás y te casás". Te dicen que, hasta no haber firmado los papeles,  no muestres  tu carácter para que la víctima no salga huyendo a los brazos de otra persona.

Te dicen que para amar o conseguir amor hay que mentir. Te dicen que hay que engañar a la persona que va a acompañarte toda la vida. Te dicen que mientas para no quedarte sola.

Hasta que un día tu verdadero yo sale a la luz a gritos y esa persona a la que engañaste, con quien fingiste ser otra persona te mira desconociéndote, preguntando que fue lo que te hizo cambiar tanto.

La frustración les gana a ambos. La relación se vuelve corrosiva porque durante mucho tiempo escondiste quién vos eras en realidad. Ninguno de los dos tiene lo que buscó,  lo que soñó. Una vez descubierta la mentira, la verdad duele el doble. Uno por sentirse engañado, el otro por no haberse mostrado como era

El amor debe encontrarte puro, pleno, siendo vos mismo, y si nadie se atreve a amarte, no tengas miedo, la soledad siempre es mejor que la hipocresía!

miércoles, 16 de octubre de 2019

No esperes.



"No esperes a mañana. No te creas invencible. No seas omnipotente.

No olvides que la muerte es traicionera, que te toca el hombro en el momento en que menos te lo esperas, cuando estás tocando la gloria tan ansiada, cuando sentís que llegaste al lugar que tanto soñabas alcanzar.

No te olvides de dar un beso. No te guardes un te quiero. No dejes de abrazar.

Porque tal vez mañana ya no puedas hacerlo. Porque quizas, en el momento más inoportuno, te arrebata aquéllo que creías asegurado, eterno, interminable.

No te ciegues al orgullo, no te guardes las palabras, no te obstines en esperar que sea el otro quien baje la guardia.

Da el primer paso vos, llamá por teléfono, golpea la puerta y llorá si hace falta. Porque mañana podés ser vos quien que no esté, quien que ya no pueda dar respuestas,  quien deje una ausencia gigante y un vacío enorme frente a cualquier por qué.

No te creas interminable. No tengas la necedad del que dice 'a mí no me va a pasar', no cierres la puerta ante el aviso que hace tu propio cuerpo.

Amá, con toda la fuerza que tengas, hasta tu último aliento, sin dudas ni mentiras. Abrazá, con todo tu amor, con las ganas de fundirte en el otro, de hacerlo parte tuya. Besá, como si fuera la última vez, o  la primera, hacé eterna la  oportunidad de besar.

Y cuando ella venga, cuando te arrebate, cuando crea que te vas a resistir, mostrarle tu pecho abierto y lleno de momentos que nadie jamás podrá olvidar. Enséñale que, mientras una sola persona te recuerde, nunca vas a morir"

Imagen tomada de la web.

© Cristina Vañecek-Derechos Reservados 2019

viernes, 11 de octubre de 2019

#HoraDeConfesiones.





... Escribo porque soy muy tímida para decir lo que pienso y siento.

... Algún dia viviré en un lugar tranquilo, con montañas y mar, sin rejas, libre.

... Tengo la delicadeza de un oso gris en una cristalería en temas románticos.

... Me hago la tonta sólo para que los otros se ahorquen con sus propias sogas. Pero no se me escapa una.

... Me hago la dura porque me hicieron mucho daño.

... Aprendí a defenderme, sin esperar nada de nadie.

... Descubrí que muchas veces la cobardía se viste de enojo.

... Supe que el amor no siempre es lo que parece.

... Reconozco que muchas veces di más de lo que debía, que puse expectativas y no obtuve lo que esperaba, y sufrí mucho por eso.

... Me di cuenta de que muchas veces ignoramos las tormentas que padecen quienes  nos muestran que el sol siempre brilla en sus vidas.

... Qué no hay nada peor que un " te lo dije".

... Que nadie me quita lo bailado.

...Que caerse significa levantarse y tener otra oportunidad.

... Qué la vida nos dan todos los días una razón para ser mejores.

Confieso que he vivido, amado, sufrido, visto partir y regresar. Que deje ir, que salí corriendo tras alguien, que tuve besos de película, noches de lluvia, abrazos helados y miradas asesinas. Qué no me arrepiento de nada y que sigo mí rumbo, caminando hacia mí destino final.

Imagen tomada de la web.

© Cristina Vañecek-Derechos Reservados 2019.

lunes, 7 de octubre de 2019

Ángel.






Extrañaré esta noche tus dedos entrelazados en los míos...extrañaré esa sensación nueva que desconocía y que cada vez me gustaba más...te extrañaré.

Porque supiste enseñarme que la vida era algo que estaba pasando a mí alrededor, sin que me diera cuenta de que podía tomarla, disfrutarla, saborearla a cada instante.

Te extrañaré cada vez que huela el viento, alborotando mi pelo y haciéndome erizar la piel, recordando tus caricias.

Te extrañaré porque descubrí cosas de mí misma que desconocía, porque a tu lado logré abrir las puertas de los misterios de la felicidad, tan pequeños, tan cotidianos, tan fugaces que se nos escapan como agua entre los dedos.

Y te extrañare, sobre todo, porque junto a ti fui un ángel al que cada noche le quitabas las alas, perdiendo la inocencia y, aún así, en tus brazos me acercaba  al paraíso.

Imagen tomada de la web.

© Cristina Vañecek-Derechos Reservados 2019

sábado, 5 de octubre de 2019

Vuelo



"Ando mezclada en tu piel, cruzada en tu mirada y perdida en la memoria de los tiempos.

Busco el aroma que recuerdo de no sé qué espacio infinito y vibro con el sonido de tu voz, que me transporta a lugares lejanos en donde jamás estuvimos.

Me pierdo en el nudo de tus brazos que me lleva a recorrer mil mundos extraños, perdidos por el universo.

Vuelo a través de mares de sueños, atravesando nubes y estrellas. Recorro el paraíso de tu piel, que se vuelve campo, mar, desierto y selva."

Imagen tomada de la web.

© Cristina Vañecek-Derechos Reservados 2019

miércoles, 2 de octubre de 2019

Fuiste



"Fuiste el bien amado, el consentido de mi cama, el que llegó a todos los rincones y quien exploró todos mis sentidos.

Fuiste la fruta madura, mordida en el momento justo, para compartir todos los pecados.

Fuiste el examen que habilitó mi madurez, la puerta hacia la realidad, hacia mí misma y quién me hizo cruzar todas las fronteras

Fuiste quien me llevó a la locura más extrema y a la coherencia más absoluta, y el más profundo de todos mis deseos.

Fuiste el miedo, las dudas, los límites, el punto de inflexión, el dolor, la ausencia, la mayor de todas mis pruebas.

Fuiste el espejo en donde me vi reflejada y con el que aprendí a ser mejor persona.

Fuiste.

Imagen tomada de la web.
© Cristina Vañecek-Derechos Reservados 2019.

domingo, 29 de septiembre de 2019

Adorno.



"Te pondría en mí mesita de luz", me dijiste, con esa mirada de romántico suicida, que sabe que nunca cumplirá ninguna de sus promesas vanas, que olvidará al día siguiente el nombre de esa mujer única con la que jamás había soñado.

"Sos demasiado para mí" te dijeron, con la resignación de quien no se anima a ir por más, ni piensa en crecer para alcanzarte y solo espera que no le exijas nada de lo que no está dispuesto a dar.

"No te merezco" te susurraron, con la clara idea de no cambiar, de no mejorar, de saber que tendrían que hacer un esfuerzo, pero mejor dejarte pasar, conformarse o esperar que vos renuncies a tus sueños, a tus logros, a lo que alcanzaste.

Y creemos que esas frases son conmovedoras, que nos hablan de la humildad del otro ante nosotros, lo que hicimos, ante los valores o convicciones que sostenemos pese a todo. Nos admiran. Pero no están dispuestos a salir de su incómoda zona de confort.

Y yo no quiero ser un adorno en la mesa de luz de nadie. No quiero a nadie para guardarlo en un cajón hasta que las ganas aparezcan. Quiero alguien con vida propia, con sueños, con metas, con ganas de crecer, de mejorar, de subir hasta donde sea por ser feliz.

¿Que a veces duele y nos provoca dolor hacer ese esfuerzo? Si, porque la felicidad no es un camino de pétalos de flores, sino uno de espinas, lleno de piedras que nos hacen caer, porque el secreto es aprender a levantarnos. Lleno de espinas, porque la enseñanza es cómo curar sus heridas. Lleno de precipicios, para que aprendamos a reconocerlos.

No puedo estar con alguien que solo me mire un rato y luego salga a la calle como si no existiera. Y tampoco quiero hacerle eso a otra persona. Por eso, la gran frase que debe conocernos debería ser "te quiero para estar juntos el resto de nuestras vidas y estoy dispuesto a todo para lograrlo".

sábado, 21 de septiembre de 2019

Equinoccio.



Renacer, volver a abrir las alas, volar. Inspirar profundo, ver la luz, sentir el sol.

Tenderse sobre el pasto, frotar los pies, oler el perfume de la tierra, de las flores.

Cerrar los ojos y mirarse hacia adentro. Salir a la calle y emocionarse como cuando éramos niños, subirse a una calesita.

Caminar sin rumbo, hasta llegar a ese lugar que nos haga detener. Ver las olas del mar, el curso de un río, de un arroyo. Mojarse los pies. Reír porque sí. Porque estamos vivos. Porque vencimos a la muerte una vez más.

Vivir. Porque cada día es un desafío, una apuesta, una batalla ganada.

¡¡Feliz primavera a todos los seguidores de esta página!! ¡¡Gracias por el cariño que me demuestran y por permitirme entrar un ratito en sus vidas para contarles mis historias!!

Imagen tomada de la web.

© Cristina Vañecek-Derechos Reservados 2019

jueves, 19 de septiembre de 2019

Lejos.



Definitivamente estoy lejos. Hay una pared que me separa de lo que me rodea, invisible. Me vuelve inaccesible, lejana, ausente.

Lo que no saben es que estoy rota. Que aún no he logrado juntar mis pedazos, cada vez más pequeños, cada vez más frágiles.

Me verán fría. Me dirán pretenciosa. Me pensaran altanera.  Me señalarán soberbia. Me marcarán antipática.

Sólo es la barrera que pongo para que lo poco que queda de mí no se desintegre, no se quiebre en mil pedazos imposibles de juntar.

Es la única forma que conozco para que la piel no vuelva a doler, para que el corazón no se desangre.

Porque no he podido rearmarme. Sólo refugiarme en está isla que soy yo misma, hasta que no duela cada respiración, hasta que nada me recuerde la terrible sensación de tener mil agujas atravesándome el cuerpo. Hasta que logre saber cómo salir de esta burbuja que yo misma armé para que nadie me lastime.

Por eso soy distante. Por eso parezco soberbia. Por eso estoy lejana.

©Cristina Vañecek-Derechos Reservados 2019 

domingo, 1 de septiembre de 2019

No te sueltes.



No te sueltes. No me sueltes.  Estas aprendiendo a caminar. Estas tan grande y, al mismo tiempo, seguís siendo pequeña.

Te llaman la atención las voces de los otros, quienes te plantean cuestionamientos a todo, las luces brillantes de quienes se creen rebeldes de un sistema, que los envuelve en otro sistema que ellos no ven.

No tengo miedo de que seas libre, tengo miedo de que camines por un sendero que te lleve a un precipicio, tengo miedo de que los golpes sean tan graves que no te puedas levantar.  Tengo miedo de que te pierdas y no volverte a encontrar.

Se que algún día te vas a ir, que tarde o temprano vas a abrir tus alas y vas a volar. Y hasta las aves se caen en sus primeros vuelos, y vuelven a intentarlo hasta que, por fin, se adueñan del cielo que se abre ante ellas.

Por eso te pido que no te sueltes.  Que no me sueltes.  Porque te quiero libre, te quiero fuerte, te quiero feliz. Y porque aún me falta guiarte, contarte historias, darte ejemplos, abrazarte y llenarte de besos.

Me voy a equivocar muchas veces,  pero porque también estoy  aprendiendo, junto a vos, a vivir esta experiencia maravillosa.  Porque también necesito sostenerte. Porque soy tan frágil como vos, porque sos mi fuerza y el motor que me hace levantar cada mañana.

Crecé despacito, sin apurarte, a tu ritmo, caminemos juntas este tiempo que nos queda hasta que estés preparada para volar!

sábado, 10 de agosto de 2019

Lazos eternos.



Más que primas fueron amigas. Fueron compinches.  Fueron hermanas.

Se llevaban unos 15 años de diferencia, pero eso nunca fue un impedimento para que no fueran a comer, no se juntaran a jugar a las cartas, a charlar o pasar un buen momento.

Fueron tan simbióticas que, sin saberlo ellas, una se enfermó detrás de la otra. Casi de lo mismo. Y, mientras una estaba aún luchando por su vida, la otra moría. Y, sin que nadie le contara este acontecimiento, la otra falleció pocos días después.

Quiero creer que la siguió, porque no iba a soportar este mundo sin su otra parte, sin esa mitad que siempre tuvo en ella. Pienso que la primera en partir la llamó, diciéndole qué buen lugar era ese al que había llegado.

Quiero creer que hay almas que están juntas más allá de toda lógica, unidad por un lazo más fuerte que cualquier cosa que podamos imaginar.

Dedicado a N. y M.

lunes, 5 de agosto de 2019

Vigésimo octava forma de enamorarse.



(Mini homenaje al libro "27 maneras de enamorarse", de Santiago Craig).

Encendé estrellitas de colores. Prendé sahumerios de lirios y abrí las ventanas del cielo. Subí al paraíso.  Mirá desde allá todo lo que dejaste atrás.

Ni te preguntes si vale la pena. Vale la vida. Vale el riesgo. Vale cada uno de tus días vividos. Cada latido de tu corazón.

Servite un jugo de cualquier fruta mezclado con arándanos.  Comé una porción de esa torta que siempre mirás por el vidrio de la pastelería.  Olfateá el aroma del pochoclo recién hecho.

No te olvides de llenar la bañera hasta el tope.  Ponele sales aromarizadas con jazmín.  Y bastante espuma. Jugá con las burbujas. Rompelas con los dedos mientras suena Extraños en la noche, o No se tú, o la canción que más te guste.

Abrí la botella de esa bebida especial que guardabas para esa persona especial. Tomala mientras bailas con tu sombra, a la luz de las velas. Subite a una silla y cantá, aunque desafines, a los cuatro vientos.

Mirate en el espejo. Sonreíte. Pensá cuantas veces te dejaste de lado. Ponete la ropa aquélla que nunca usaste. Abrazate fuerte y salí a caminar con el ser más importante de tu vida. Vos.

 Imagen tomada de la web.

©Cristina Vañecek- Derechos Reservados 2019

domingo, 4 de agosto de 2019

Héroes.



A veces nos salva quien menos lo pensamos. Cuando no damos más, cuando llegamos al límite, cuando la mochila nos pesa tanto que seguir con ella a cuestas nos puede costar la vida.

Caminamos sin rumbo, a ciegas, llenos de incertidumbre porque debemos soltar, sí o sí, todo aquello a lo que nos aferramos durante tanto tiempo, lo que nos lastimaba pero, a su vez, nos daba seguridad.

Era nuestra incómoda zona del confort, nuestro espacio de autocompasión, el reducto secreto en donde nuestra alma se regocijaba en un dolor mortal, deteniéndonos en un instante temporal que eternizamos por tercos, por obstinados, por una irracional manera de sostenernos a algo, aunque nos hiciera daño.

Y aparece alguien que nos rescata, tal vez de un sopapo, quizás sin que nos demos cuenta, que nos prende la luz de a poquito, que nos muestra que detrás del muro hay algo más, que nos estamos perdiendo eso que pasa mientras dejamos que la vida transcurra.

Tenemos, sin saberlo, nuestro propio héroe anónimo y enmascarado, que mete mano en nuestra vida sin pedir permiso, que nos cuida desde lejos, que nos rescata de la muerte, tira la mochila a la basura y, sin saberlo nosotros, quedamos livianos y nuevos.

El héroe se va. O se queda observando.  O, simplemente, ignora la misión que tuvo en nuestras vidas y sin saber su nombre ni conocer su rostro, lo reconocemos por el perfume a paz que transmite. Aunque en su alma se debata la más atroz de las tormentas.

Imagen tomada de la web.

©Cristina Vañecek- Derechos Reservados 2019

sábado, 3 de agosto de 2019

No quiero ser la mujer maravilla.

No quiero ser la mujer maravilla.

Hoy quiero ser frágil.  Dejar las armas y sentarme en un rincón, taparle los oídos y cerrar los ojos hasta que todo pase.

Hoy no quiero ser la mujer maravilla, que todo soporta, que todo enfrenta y no necesita a nadie. Hoy quiero que me sostengan, que me contengan y me abracen.

Esto de hacerse la heroína suele dejarte muy sola. Te ponen en la cima de la montaña, te admiran, pero al mismo tiempo creen que no necesitas nada ni a nadie de qué aferrarte. Como si tu columna vertebral fuera de acero, como si tu piel fuera indestructible, como si nunca jamás el cansancio o el dolor pudieran afectarte.

Me cansé de resistir golpes y balas, de salir corriendo a salvar a todos y no contar con nadie que quiera salvarme a mi, porque me ven tan fuerte que piensan que no me hace falta. Que sola puedo todo.

No, no puedo todo. Debo admitir ante mi propio espejo que yo también compré el disfraz, que me convencí de ese discurso autosuficiente, que levanté paredes a mi alrededor para que nada me lastimara. Que me defendí de hasta quien no iba a herirme.

Duele quitarse cada parte del traje de superheroína, porque lo llevé puesto tanto tiempo que se me grabó en la piel.  Duele aprender a no estar a la defensiva, y no salir corriendo ante la más mínima señal de peligro. Duele dejar de salvar a los demás.

Hoy tengo que salvarme a mi misma, tengo que aprender a pedir ayuda, a decir "no puedo", a sentirme débil y aceptar que otros salgan al rescate por mi.

Imagen tomada de la web.

©Cristina Vañecek- Derechos Reservados 2019